miércoles 29 de abril de 2009

Un limón en la cabeza

No creo en la reencarnación humana. Sí en el caso de los políticos, los locales de copas y los alimentos. Los primeros empiezan de concejal vociferante o de subdirector de algún organismo no muy transparente. Salen del capullo convertidos en alcaldes, consejeros o ministros. En el último caso pasean su rostro, que algunas veces es de cemento, por la portada de algún dominical. Suele ser su momento álgido. Después buscan un buen retiro en una caja de ahorros o de alcalde de su pueblo. Vuelven al capullo o a la pupa algunas veces hechos una cosa o la otra. Líquido, sólido, gaseoso: cargo de confianza, electo y colocado por el partido, todo fluye. 
Los garitos también tienen muchas vidas. Puede pasar uno una velada romántica en un sitio retro y romper entre las mismas paredes mientras suena el mueve-mueve o la última estridencia del cono sur. Te pasa como a esa mujer serbia que vivió en cuatro países sin haber salido de su pueblo. Los bares son animales que se reencarnan con nosotros metidos en su estómago. Con la edad cogemos perspectiva para darnos cuenta: nada es para siempre, sólo la dirección postal sin nombre propio.
La comida también tiene varias vidas. El bacalao se convierte en croquetas, el filete en guarnición y el gazpacho viejuno en un ecosistema digno de una clase de ciencias naturales. Pero hoy no me apetece hablar de obituarios de la chicha no comida a tiempo. Sino acordarme del Starbucks de la plaza, que cierra desde mañana. Ha sido un sitio de careros adorables, de felicidad compartida o solitaria que valía lo que costaba. Una república libérrima del no fumador donde los que mandaban sabían el nombre de todos sus súbditos porque lo llevábamos, como una medalla, escrito en el vaso. Me sabía ya su hilo musical, y cuando sonaba la canción del limón en la cabeza Mar y Julián, la alegría de local junto a otras estrellas anónimas, casi se quitaban su delantal verde para hacer la conga. Ahora podemos volver a la tapita para todos los mostachos y al purazo colateral. Pero ahí no harán lo que esta hermandad hizo por mi: dejarme en paz un rato. Adiós, hermanos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

muchas gracias por despedirnos asi.