miércoles 1 de julio de 2009

Procrastinación

Procrastinación: cuidado con este palabro, porque lo vamos a leer mucho antes de que acabe el año. Es la acción –o hábito– de postergar actividades o situaciones que uno debe atender en favor de otras situaciones más irrelevantes y agradables. Me sucede con esta columna, que siempre dejo para el final porque me provoca el miedo escénico de tirar un penalti. No estoy solo en este mal, hay muchos infectados. Y para difundir esta "patología" se ha creado una plataforma llamada procrasting.org. Se han unido más de 3.000 procrastinadores.
Procrastinar es en el fondo una de las pruebas del masoquismo de los seres humanos: está documentado que dejar tantas cosas para después genera estrés, desazón, asco de uno mismo y hasta ganas de morirse. Tiene uno que ir al dentista, vaciar el trastero, devolver ropa del armario a su ex, aprender inglés, devolver ese libro al amigo de gafas, llamar a la tía Micaela... Muchas veces no es plato de gusto hacer nada de esto, pero acaba uno revolcándose en una ciénaga de dolor cuando no lo hace. Tal vez es un interruptor interno con el que nos dotó la madre Naturaleza como contrapeso a nuestra libre voluntad: harás lo que quieras, homo sapiens, pero ay de ti como no saques tiempo para hacer lo que debes porque sufrirás como el animal que eres. En todo este tiempo desde que salimos de la sabana hemos aprendido a votar, a vacunar y a divorciarnos, pero los tramos más pedregosos del camino nos los hemos intentado ahorrar con estos brincos procrastinadores. Para evitar esos dolores concretos, escogemos el sufrimiento abstracto. Los domingos por la noche nos acostamos amargados, pero libres.