viernes, 9 de octubre de 2009

El Nobel es un empujón para la paz

Hacía mucho que la concesión de un Premio Nobel de la Paz no era tan comentada. ¿Le llega el galardón demasiado pronto a Obama? Hasta Lech Walesa, el histórico líder del movimiento democrático Solidaridad, ha dicho que "es demasiado pronto", pero acto seguido ha recordado que el Nobel de la Paz, que él ganó en 1983, es muchas veces un incentivo para hacer las cosas, más que un premio por haberlas llevado a cabo. Pocos mejor que Walesa pueden saberlo mejor: hoy es contemplado como una figura clave en la democratización de Europa central, pero cuando recibió el premio su lucha no había hecho sino empezar y su éxito parecía improbable... pero necesario.
Obama se encuentra en una situación parecido. Vive en el mismo mundo enconado y violento que sus predecesores. Lo que parece haber cambiado es que, en un planeta cada vez más interconectado, los males que atosigan a la humanidad –fundamentalmente guerras, sometimiento, pobreza y contaminación– tienen cada vez más posibilidades de afectar a los países que hasta ahora han contemplado el problema como meros espectadores horrorizados. Obama ha decidido coger el toro por los cuernos y ha cambiado la postura de su país en temas tan espinosos como Guantánamo, ha modificado los términos de la relación con Rusia y quiere una solución a Oriente Próximo que choca con las ambiciones nucleares de países que quieren su lugar como potencia mundial pero que están en manos de dirigentes para los que no es concebible una democracia plena. El conflicto entre israelíes y palestinos se encuentra en el centro de esta zona tan caliente, con dos estados fallidos –Irak y Afganistán– que su antecesor intervino mediante intervenciones militares que ahora es difícil finalizar.
El mundo que quiere arreglar Obama no es mucho más complejo que el que se encontró Kennedy en plena Guerra Fría, o Reagan con el deshielo con la URSS o Clinton con la globalización. Lo que parece cambiar es el orden de prioridades –primero la paz, y ahí deben encajar los intereses–y el clima de confianza en qué el mundo puede ser un poco más justo y menos terrible. El premio no es sólo para Obama, sino que reconoce a todos los que creen en él sin ser americanos. Especialmente a los ciudadanos rasos de países tradicionalmente enfrentados con EEUU. Pero la responsabilidad, o el "toque de atención" sobre el trabajo que hay que hacer sí es para el presidente.
Ojalá el Nobel le ayude a mejorar las cosas.

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