lunes, 19 de octubre de 2009

El peregrino japonés que aparcó su yate y echó a andar

Keizo Kadono fue durante 37 años un hombre dedicado en cuerpo y alma a su trabajo en la multinacional Omron.  Ejecutivo de talla mundial, abrió brecha en el campo de los componentes electrónicos desde países como España, Canadá o Francia. Con la jubilación ha dado un vuelco a su vida y se ha dedicado a hacer sólo lo que le gusta. Se compró un yate y empezó a descontar cosas de la lista de tareas pendientes que llevaba confeccionando desde que empezó a apretarle la corbata: ahora le tocaba hacer el camino de Santiago, "una experiencia que me ha enseñado mucho", aseguraba el domingo a primera hora de la mañana compartiendo café y recuerdos del viaje junto a la Universidad de Alcalá. La parada era obligada para visitar a viejas amistades y de paso, probar el suave colchón de las habitaciones de la residencia de la Cisneriana. Nada que ver con las concurridas habitaciones en las que ha hecho noche durante las últimas semanas rodeado de peregrinos: "Nunca había dormido en la misma habitación que otras mujeres que no fuesen la mía", comenta divertido al poner un ejemplo de todas las cosas que ha aprendido. El viaje lo llevaba preparando más de seis meses, en los cuales tuvo tiempo de leer hasta cuatro libros distintos. Antes de echarse a andar durante un mes entero se puso varias normas: ir andando todo el rato, dormir sólo en albergues –nada de hoteles ni hostales–, no visitar iglesias porque en su vida ya ha visto "demasiadas" y lo más importante "¡disfrutar de la comida española y el vino!".
Durante su peregrinaje ha tenido oportunidad de hacerse muchas preguntas profundas, pero también de encontrar similitudes entre su país y España: "La gente de los pueblos es muy amable en ambos países", resume Keizo Kadono. De hecho, cuenta, allí existe una especie de camino de Santiago. Un peregrinaje alrededor de una de las islas de Japón, que suma 1.200 kilómetros y visitas a 88 templos. "Los peregrinos van también con una vara", relata sin perder de vista su macuto, que lo ha acompañado durante 31 días desde San Pedro Po hasta Santiago de Compostela. Sólo que en el caso japonés usan un sombrero triangular de paja y reciben comida y ayuda de la población local. Claro que en ese caso no es el santo el que los espera, "sino Buda".
Ambos caminos, sea el de Santiago o la peregrinación de Shikoku, requieren soledad, opina Keizo: "Así tengo más libertad para comunicarme con otra gente, pero al mismo tiempo camino y hablo conmigo mismo". Lo importante del viaje es lo que te encuentras, "sobre todo la comida del País Vasco", dice repasando un periplo por el norte de España en el que ha estado enfermo, ha hecho amigos y ha aprendido que en castellano la X es la abuela de la J. En Japón le espera otro mundo, tal vez más espiritual en cuanto a valores, pero en el fondo menos religioso: "Sobre todo en el caso de los jóvenes". Y también le espera su mujer, que esta bastante conforme con los viajes de Keizo por el ancho mundo: "Ella es pintora y tiene una exposición importante muy pronto, así que agradece que la dejen tranquila", explica con sobrado buen humor. El de un jubilado que ahora ve la vida desde unas zapatillas de deporte, las más cómodas para andar.
El mismo domingo, según acababa la entrevista, dejaba Alcalá porque antes del atardecer tenía que coger un tren destino a París.  Tiene prisa por emprender su siguiente paso en la lista de cosas que ha de hacer entre los sesenta y los setenta –tiene 64– y que de momento va cumpliendo al milímetro. Toca esta vez cruzar Canadá de un extremo a otro, pero esta vez será en coche. Las zapatillas descansarán por fin.

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