miércoles, 28 de octubre de 2009

Ni don ni Juan

En España hemos confundido el donjuanismo con otros disfraces, pero es que tomarse las cosas al pie de la letra es muy aburrido. Abunda el fornicador con nave nodriza, que compatibiliza los moteles con el coche monovolumen para los peques y la parienta. Ciudadano ejemplar, y lo otro según se dejen. Si existe el infierno, no creo que sean los primeros en entrar. Estarán antes los que van dando lecciones a los demás y tienen un disco duro en el ordenador que es de código penal. Conocí a una chica que trabajaba en mantenimiento de ordenadores que había aprendido más sobre los azares pélvicos de los hombres que si fuese uróloga. Concluí que el órgano sexual masculino es ahora una CPU, qué le vamos a hacer. Tenía más encanto la Interviú bajo el colchón, con ese aire clandestino. O a lo mejor es que estoy mayor y me tengo que poner al día o simplemente que me gusta leer los artículos que trae.
Esta tarde hay ensayo general de la obra de Zorrilla: Tenorio forever, hasta que nadie lo quiera. Suele ser un reto al mal tiempo que cada arranque de noviembre se salda con unos cuantos actores achopados. Antes se consolaba uno pensando que por lo menos se habían llevado su merecido. Pero no creo que con las embestidas del eMule sea cuestión de jalear resfriados de los fingidores. Pido un poco de efecto invernadero, que dure un poco esta solana. Tal vez algún comendador con mano allí arriba me oiga. 
Aquí abajo las mujeres no se ponen de acuerdo sobre si los donjuanes están pasados de moda o si los chatines siguen vigentes en los sueños de las hembras. España es un país rico en fiestas, iglesias y sentido del ridículo, pero de vez en cuando nos da por brindar un toro a alguna o por lo menos sacarla a bailar para pisarle los pies y que se rían nuestros amigos. Las páginas de contactos por internet han convertido todo en una cosa mucho más industrial: se buscan respectivos y respectivas de nuestra talla, religión y aspiraciones reproductivas. Nada de lo reseñado tiene por qué ser verdad, pero el humo de los bares es igual de mentiroso y ha bendecido unos cuantos sacramentos sin que nadie le haga la prueba del algodón.
Queda por saber cuál será el fruto genético de los nuevos modos. No puedo decir que de ese agua no beberé porque a lo mejor hasta me he emborrachado de ella. A ustedes, cotillas, qué leches les importa.

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