viernes, 2 de octubre de 2009

Raúl Durán, un dibujante contra el idioma más difícil de Europa


A Raúl Durán le gustaría ir esta noche a la Vaca Flaca a tomarse algo con su tocayo. Pero el flechazo lo tuvo con Hungría, donde llegó de vacaciones por invitación de un amigo. Ahora trabaja en eBay España, "que se encuentra en Hungría porque es más barato pagarnos aquí, cosas de la vida", resume con resignación. El idioma lo domina bastante, pese a que "el húngaro es uno de los idiomas más difíciles que existen, sobre todo cuando pides que te enseñen y la respuesta es: 'huy, es imposible, el húngaro es muy difícil". La forma de ser tampoco ayuda: "Son más reservados, tímidos a veces, hasta que empiezan a darle al pálinka", la bebida local.
Por el camino quedan anécdotas curiosas, como "cuando vivía en mi primer piso en Budapest, y era vecino de un pianista famoso". Al salir de casa "el tipo se encontraba en el rellano y me dijo algo en húngaro que no entendí, a lo que yo respondí el habitual nem beszélek magyarul, spanyol vagyok (no hablo húngaro, soy español), a lo que él reaccionó invitándome a su casa... donde se encontraba un tipo que resultó ser medio ecuatoriano medio húngaro, y cantante de ópera, y sin comerlo ni beberlo me vi en medio de un ensayo de canto lírico".
No es un Robinson Crusoe, hay más españoles, "en mi empresa y en otras repartidas. Algunos con mejores puestos, otros con peores… cada uno tiene su historia del porqué han llegado aquí... mujeres, trabajo, ganas de cambiar". Sea por una razón o por otra, España siempre está en el recuerdo. Además de los amigos y la familia añora "el sol en invierno, aunque no en verano, las comidas   en casa de mis padres y la sepia", un manjar este último no muy accesible: "No le hables a un húngaro de algo que viene del mar, te pondrá cara de asco inmediatamente". De momento no piensa en volver a Alcalá, aunque "allí está mi familia y amigos… pero ahora el cuerpo me pide vivir otras cosas que la ciudad no me puede dar". Y todo ello a pesar de haber pasado momentos duros, como cuando pasó tres meses encerrado en casa  en una ciudad del sur sin trabajo  y con -10 grados  fuera: "Se hizo un poco pesada la situación, el invierno aquí es muy largo". El momento bueno más reciente ha sido en verano. Allí Raúl ha pasado un mes de julio genial: "Cada fin de semana me he ido a lago Balaton, y cada día había una fiesta distinta o algo que hacer en la ciudad... a veces uno sale esperando una noche normal  y cuatro horas más tarde estás en situaciones inexplicables. Claro que nada hubiera sido posible sin los amigos que tengo ahora aquí".
Aunque en realidad mi trabajo no tiene nada que ver con lo que le gustaría hacer, ya que es dibujante, se queda con "lo bueno de donde estoy, el ambiente multicultural con gente de más de 20 países distintos, con la oportunidad y el fácil acceso a aprender nuevos idiomas". Otro mundo para muchas cosas, por ejemplo a la hora de salir de marcha. La primera diferencia es el precio de la cerveza. "Medio litro por dos euros e incluso en algunos sitios por uno, es algo que se nota incluso con un sueldo húngaro" relata desde Budapest. La siguiente diferencia, o más bien reclamo: las húngaras. "Mires a donde mires, encontrarás una que ya crees que es la mujer de tus sueños".
Budapest, dice Raúl, es para gente abierta de mente, ya que adaptarse no es fácil. Hacen falta ganas de conocer otras cosas: "No vale eso de querer venir a Hungría y estar deseando que sea como España, por más que eches de menos las cosas. Hungría es Hungría, y no hay más". Y por fin derriba un mito: los húngaros son más fríos en el trato, pero no antipáticos. Eso sí. Aviso para los chicos. "Si va, que tenga cuidado con las húngaras vas unos días, y de repente te encuentras allí por 10 años".

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