lunes, 30 de noviembre de 2009

El Premio Cervantes debe ser más valiente

El Premio Cervantes siempre parece hacer equilibrios  a la hora de emitir su fallo cada otoño. Por un lado el jurado se siente acuciado por premiar cuanto antes a los más viejos, y al mismo tiempo alternando afortunados de una y otra orilla del Atlántico. También pesan las querencias personales, y en ocasiones muy particulares, de los miembros del jurado: y unos más bravos que otros a la hora de defender su favorito. Está también la presión de los medios de comunicación y otras elites, especialmente atentas a un galardón que tuvo mejores épocas, o por lo menos tiempos en los que estuvo menos discutido. Y por último, la larga mano de la política  cuenta: al gobierno le gusta lo que queda bien y de entre todo lo que queda bien le apasiona lo que no molesta. Así se elige, se anuncia y posteriormente se adorna el Premio Cervantes cada año.
El ganador de esta edición, José Emilio Pacheco es un poeta, ensayista, traductor y novelista mexicano integrante de la denominada Generación de los años cincuenta, a la que también perteneció Sergio Pitol, galardonado hace unos años. El jurado sabía que tocaba latinoamericano, y ha optado por  un especialista de la literatura mexicana del siglo XIX que a la vez es un profundo conocedor de la obra de Borges. En cierto modo se reconoce no sólo la obra, sino también el afán divulgador de alguien que ha llegado a ejercer una gran labor como traductor, director y editor de colecciones bibliográficas y suplementos culturales.
Pero si es el papel divulgador de Pacheco el que está fuera de duda es el del propio Premio Cervantes el que debería ser más destacado. Porque parece evidente que, aunque ya no quedan tantos titanes de la literatura vivos o sin recibir el galardón, existe una cierta renuencia a destacar a autores más jóvenes –pero indudablemente maduros desde el punto de vista artístico– como Javier Marías o Manuel Rivas. Hay más ejemplos, pero estos dos nombres tan respetados tanto por la Academia como por la crítica, y que tienen a miles de seguidores detrás, son tan importantes para el idioma como los de generaciones anteriores. O tal vez más. Que les quede más vida por delante no debería ser obstáculo para competir en igualdad de condiciones. Eso sí, son muchas veces molestos y provocan algunas opiniones encontradas.  La falta de arrojo del Premio también se hace notar a la hora de galardonar a autores que sin duda ya debería ser Premio Cervantes pero han manifestado nulo interés por recibirlo: Gabriel García Márquez es el mejor ejemplo. Falta en la nómina de los premiados, aunque él no eche en falta el galardón. Habría que obrar en consecuencia, aunque no quiera.

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