martes, 3 de noviembre de 2009

Reproches por ser insultada... y por defenderla

Si alguien ha salido derrotado del espectáculo propiciado por el pulso dentro Partido Popular durante la última semana ha sido el propio PP: el presidente Mariano Rajoy debería estar más preocupado por esto que por su maltrecho liderazgo, aunque la situación del mismo también sea preocupante. Resulta inevitable que en un partido político existan rivalidades y cada militante, ciudadano o medio de comunicación o grupo de intereses puede tener su favorito o favorita. Pero cercando a los gustos y las preferencias están las normas: la presidenta Aguirre fue insultada en público por Manuel Cobo, eso es un hecho. Y ante este hecho incontrovertible e innegable no sólo no se ha actuado disciplinariamente contra Cobo sino que se la ha vilipendiado acusándola de forzar recogidas de firmas y de hablar donde no debe, toda una ironía al ocurrir el mismo día en que se analizaba internamente el vómito que Cobo soltó a los cuatro vientos en El País.
Aunque haya debate, cualquier partido necesita guardar las formas. Cobo no lo hizo, y corresponde sólo al PP, no a nadie desde fuera del partido, decidir cómo se actúa. Pero es un desatino y una inequidad que el mismo que debe tratar de mantener un tono civilizado reproche a más de cien alcaldes que no aplaudan con simiesco compás todo lo que pasa en su partido. ¿Cómo puede ser que se juzguen como igual de graves los insultos a Aguirre que una espontánea iniciativa colectiva para defenderla? Se puede y se debe imponer orden, pero antes hay que ser justo.
Lo peor es que aunque se logre una sucesión de Miguel Blesa en Cajamadrid –ya era hora– el pulso dentro del PP madrileño y nacional está lejos de terminar. Al menos debería evitarse que esa crisis de legitimidad instalada en Génova no contaminase a las entidades financieras, que aunque piloten su sucesión de acuerdo con la ley seguramente necesitan –en frío– una reforma en cuanto a la elección de sus cargos. Poner de relieve ahora la utilización que hacen los partidos políticos de las cajas de ahorro, empezando por el nombramiento de sus máximos directivos, no es hacer ningún descubrimiento. El PSC puso en Cataluña en 2005 a Narcís Serra, casualmente vicepresidente del Gobierno con Felipe González años atrás. Y Juan Pedro Hernández Moltó accedió al cargo de presidente de la malograda Caja Castilla La Mancha (CCM) poco después de fallar en 1999 en su intento de conquistar Toledo para los socialistas. Los ejemplos, región a región, son incontables y no excluyen a casi ningún partido político: PP, PSOE y nacionalistas. Visto lo mal que han acabado algunas como CCM y cómo otras caminan junto al abismo parece que tanta pugna debería ser por una mejor causa.

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