viernes, 4 de diciembre de 2009

LORENZO SILVA: “El escritor tiene derecho a ser huraño”

Si Don Quijote estaba en poder de los libros de caballerías, pocos escritores rechazan hoy la etiqueta de cinéfilos y a mucha honra. Al escritor madrileño Lorenzo Silva le hubiese gustado escribir ese diálogo de Sin Perdón, en el que Clint Eastwood entra en una cantina, pregunta por el dueño y lo mata de un disparo.
–Eres un cobarde hijo de puta. Has matado a un hombre desarmado– le grita un hombre.
–Debió armarse cuando decidió decorar su cantina con el cadáver de mi amigo.
El cine, dice Silva, también es literatura. Con un Premio Nadal y medio a sus espaldas –fue también finalista– y  más de veinte libros en su  haber, este madrileños se ha atrevido a asomarse a la gran pantalla y también a la caja tonta como guionista. Precisamente para contar su experiencia entre un mundo y el otro impartió el jueves una charla dentro de actividades de la Escuela de Escritura de la Universidad de Alcalá.
Parece que Silva se gusta poco. Es explicativo pero certero y sintético. Y no cree que para ser un buen autor haga falta ser un charlatán: "Hay escritores que son muy huraños y tienen derecho a serlo siempre y cuando no sean maleducados". Tras hacer frente a un auditorio de jovencitos con ganas de saber qué es eso de pelear con un folio en blanco, Silva admite que uno no puede enseñar a ser autor. Es algo que "no se puede transmitir, al menos la parte que importa que es tu propia personalidad, que pesa mucho porque la palabra nos la enseñan a todos". Silva cree que "el carácter se adquiere por el camino, a golpes, con una cierta predisposición natural". A él le llegó especializado en derecho fiscal, trabajando para una empresa. Pero aunque el toque mágico sea intransferible tiene algo de fe en su magisterio: "Hay cosas que se pueden enseñar, aunque siempre de forma no dogmática porque grandes escritores lo han sido contra el paradigma de la literatura". El gen del escritor es precisamente "una cierta forma de mirar y una cierta forma de decir es lo que tienen en común, para ir más allá de lo convencional". En su caso, se confiesa influido por el cine, pero también "por la televisión, por el teatro, por los partidos de fútbol que jugué de chico y por mis años como abogado."
El mundo en el que vive es distinto del que lo vio crecer. Hoy los niños crecen citando a los Simpson. Silva no tuerce el gesto al constatarlo. En el fondo, dice, "son buenos personajes, Homer Simpson es el mejor personaje de la serie para mí". Es una pena, eso sí, que se conozcan a personajes clave sólo cuando salen en dibujos animados. "Si Marco Aurelio estuviese prohibido entendería que la gente lo conociese a través de los Simpson, pero ahora está más disponible que nunca". Silva no ha llegado a la literatura ligero de equipaje.  Y por el camino incluso se atrevió a escribir un ensayo sobre la presencia del derecho en la obra de Kafka. "Soy lector de Kafka desde los 16 años y además licenciado en Derecho porque la vida me ha hecho así y cuando una misma mente ha leído a Kafka y ha estudiado Derecho es casi inevitable establecer algunas asociaciones porque él era doctor en derecho en sus obras hay mucho sobre su condición de jurista y reflexiones sobre como las leyes nos defienden o  nos agreden". De aquellos años de juicios y apelaciones añora "a mis compañeros, la gente que conoces el mundo que te da".
Se aprenden cosas sí. Y se dio cuenta Silva de que no sabemos negociar: "Es uno de nuestros mayores problemas como sociedad, especialmente en España. No sabemos conciliar nuestros intereses con los de enfrente, sólo avasallarlos si podemos y si no esperar a darle por la espalda... tenemos que aprender a sentarnos y acercarnos el uno al otro"
¿Abogados bondadosos? Existen: "Los hay casi de beatificación. Yo he conocido a abogados de oficio que han sacado de la cárcel a un preso y se lo han llevado a dormir a casa porque no tenía donde hacerlo y al día siguiente le han dado 150 euros".  Entonces, letrado Silva, explique quién se ha inventado tantos chistes sobre abogados. "Los americanos, son bastante menos humanos", dice mientras sale caminando hacia el aparcamiento, todavía evocando la escena de la cantina.

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