martes, 22 de diciembre de 2009

Una revuelta contra el curro

Fueron los genoveses los primeros en jugar a la lotería. Les gustaba echar suertes el nombre de los cinco senadores que debían ocupar determinadas plazas. El público, igual que pasa hoy, desconocía el nombre de casi cualquiera de los 90 senadores, pero hacía apuestas sobe los que podían salir: pura especulación, igual que ahora con los cinco números que nos pueden cambiar la vida... el año que viene.
En España le damos al bombo desde el siglo XVIII y desde entonces, no hemos parado de jugar. La práctica de  dividir en décimos comenzó en el siglo XIX cuando los billetes de lotería eran muy caros para la población obrera.
Dios nos ha condenado a trabajar, lo asume el rito católico: así que la lotería es una revuelta pagana, la holgazanería aliada con el azar para doblarle el pulso al castigo divino. Sí, estaría bien dejar de vivir del sudor de nuestra frente. Pero no hay suerte para tantos. Aun así, por si cuela, tres cuartos de la población participa en la lotería de Navidad y gasta cerca de 12.000 millones de euros anuales. Esto equivale, como recordaba Expansión, al el 1% del PIB de España, una cantidad equivalente a lo que el país invierte en investigación y desarrollo. Sí, una pena.
En muchos países los juegos de azar de este tipo están en un segundo plano, y triunfan otros llamados de recompensa instantánea: ruleta, cartas y cosas de casino en general. Son mucho más peligrosos que los sorteos, porque la inmediatez entre el impulso de jugar y el premio es necesaria para entrampar al cerebro. Pero en  Sudamérica sí triunfa la lotería, algunas veces con nombres pintorescos: Polla Chilena de Beneficencia es una de las denominaciones más resultonas.
Aunque nuestra lotería tenga un aire retro, desata algunas alabanzas por parte de los cerebros grises de la globalización. The Economist elogiaba a la lotería española en su último número por cómo una estrategia permite al ciudadano común asociarse en una especie de sindicato y así hacer más accesible la compra de un mayor número de billetes de lotería. Pero el gran ganador es el Gobierno, que recibe el 30% de las ganancias por la venta de billetes. Una bonita manera de recaudar sin provocar el dolor y la polémica de los impuestos.

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