miércoles, 20 de enero de 2010

El saludo

No se si saludar estará siempre de moda. De pequeños los abuelos nos afeaban que no decíamos ni mú, y mucho menos a los viejos. De niño estás muy ocupado como para dar los buenos días, que encima suceden a diario. Cuanto tienes sed te echar agua hasta a rebosar el vaso y el resto que se pongan si les apetece. El único protocolo que tienen los niños es la timidez, que es un código universal de la sabia naturaleza para no desbarrar demasiado. Los peques pasan de tímidos a salvajes,  pero si saludan es por dinero. Cuando un niño me dice buenos días pienso: qué niño más raro.
El caso es que a los mayores nos distingue siempre el refunfuño constante: "esta juventud", me sorprendí diciendo el otro día. Pero los adultos también hacemos cosas como retirarnos el saludo. Es una especie de castigo que nos sacamos del alma y nos lo colgamos como una medalla. Éste quiso ponerme bolardos en mi calle, así que no vendo su periódico... después me sacó en una columna, así que no le saludo. Éste dijo que yo creía que Alcalá era una ciudad inculta... aunque es la verdad, no le saludo. Este trabaja para la competencia y yo para el Puerta de Madrid, así que no le saludo. Y así sucesivamente.
Y hacemos estos sin darnos cuenta de que no existe muestra mayor de haber reparado en la presencia de una persona que pasar sin saludar, como un indio cabreado, a pocos centímetros de una persona a la que sí conoces, tampoco odias, tal vez no tragas, probablemente un día necesites aunque seguramente nunca ames. Vamos, que es sin ser crucial en tu vida se merece un saludito aunque sea con una smith&wesson con balas de plata.
 Es como cuando el juez interrumpe al abogado diciendo: "el jurado no tendrá en cuenta esto último". Pero en el fondo lo que hace sin querer es remarcarlo de manera que quede grabado de manera indeleble hasta en el cerebelo del aguacil. Por eso me doy por saludado. Me llevan en un vértice de su corazón, aunque no me lo merezca.

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