viernes, 22 de enero de 2010

“Sólo cogimos los puestos de trabajo que los españoles no querían”

Prefieren aparecer en este reportaje como Alui y Ramón. Alui es de Gambia y lleva siete años en España. Vino como turista y por fin es legal. No sólo eso, sino que está empadronado y tiene trabajo. Pero aunque en cierta medida es un privilegiado, no entiende cómo alguien puede negar el empadronamiento a otro, aunque no tenga papeles. "Empadronar sirve para controlar cuánta gente tiene y dónde están, y por falta de empadronamiento los chicos pueden no poder estudiar", se queja mientras apura un refresco en un centro comercial. La semana laboral ha terminado pero él es inmigrante todo el día. Su piel es negra como el carbón siete días a la semana y desde que la economía no va tan bien admite que es bastante más difícil ser subsahariano en Alcalá.
Interior niega que haya desatado una caza al inmigrante. Pero, qué casualidad, a Alui le han pedido dos veces los papeles en los últimos tres meses. En siete años no había visto tanto celo profesional en los agentes de paisano. Cuenta que entre los suyos hay más miedo que nunca a la deportación. No es el cuento del lobo. Ramón, dominicano de 33 años, comparte mesa con Alui. Trabajan juntos y también tiene una historia que contar: "Yo vine por reagrupación familiar y no me dejaban trabajar, pero eso no tiene sentido y al final mi empresa me ha hecho los papeles". Otros no han tenido tanta suerte. "A dos amigos míos los han pillado", confiesa. Uno ha ido preso a Aluche, recuerda. "Allí antes te podían tener 40 días, ahora con la nueva ley son 60... así tienen tiempo de buscarte un vuelo a Santo Domingo". Cuando eres inmigrante necesitas dinero y suerte todos los días. Si lo segundo está de tu lado, es posible que te suelten al cumplirse el plazo. Y, hagas lo que hagas, en la calle te miran raro. "Los dos trabajamos con uniforme, así que estás en la calle y algunos se te quedan mirando como diciendo: ¿por qué tú tienes trabajo y yo no?", explica Ramón.
"No es justo", añade Alui. "Nosotros llegamos cuando había trabajo, se hizo una legalización masiva", recuerda, "y nos ocupamos de los empleos que los demás no querían". Ahora han cambiado las tornas y hay menos puestos. Y muchos españoles codician el curro de jardinero de Alui. "Pero nosotros, ilegales o no, hemos contribuido a la economía, no somos los culpables del paro".
En la mente de este coloso subsahariano de 45 años está Italia. No quiere que aquí pase lo mismo que está sucediendo allí. "Pero cada día tengo menos esperanzas, espero que no pase pero un día esto explotará", añade apurando los hielos del refresco. Si le toca mendigar, asegura, se marchará. Volverá a Gambia. "Puede uno no saber ir, pero siempre de dónde vino".

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