jueves, 11 de marzo de 2010

Pague (a) uno y llévese cuatro

Los varones blancos heterosexuales que hablan inglés y –¿o debería decir pero?– usan jerseys de rombos deberían saber que han puesto otra pica en Flandes: uno de los suyos mandará en la Universidad de Alcalá. Nos da la Cisneriana pocas sorpresas este mes, tal vez porque está cocinando disgustos al lento fuego de la democracia orgánica. Digo sorpresas nulas porque Manuel Gala señaló a Virgilio Zapatero en su día y éste señaló a Galván. Había más movimiento en El Movimiento, aunque en ambos el 18 de julio era siempre no laborable. 
Demos, lo primero, 100 o 200 días de gracia al nuevo inquilino del vientre de la ballena, igual que  a sus antecesores. Pero vaya por delante que nos hemos dado cuenta ya de que todos forman parte del mismo bolo alimenticio.  Virgilio Zapatero ha pasado del estómago del cetáceo cisneriano al plácido intestino grueso del bicho y Manuel Gala ha sido ya expulsado hasta de su despacho por una ventosidad financiera que no le hace justicia. Perdonen lo escatológico de mi explicación, pero ya que no logra uno perturbar la pesada digestión de las instituciones por lo menos habrá que comentar la jugada.
Fundamental en Galván es que sepa escuchar, porque sesos ya gasta. Y que tenga valor para emprender –aunque no remate– aquello que es necesario. Si es posible, además, que tenga buen gusto para escoger sucesor. Pues está visto que son más contestatarias las lavadoras puestas en fila en los grandes almacenes que las cátedras de hogaño, que son las mismas que antaño. La Familia Real parece un movimiento asambleario.
La derrota no es huérfana, tiene tres padres: Peinado, Alvar y Morilla. A los tres hay que agradecerles los capotazos de salón prestados y recordarles que aunque sus posaderas no hayan logrado aterrizar en tan noble butaca, hace ya tiempo que la sociedad los eligió para poner las luces largas y mirar lejos. Los adalides del cambio tienen que seguir diciendo lo que piensan y en este periódico han tenido barra libre. No hace falta ser catedrático de Biología Vegetal para darse cuenta de que ser otra vez flor de un día sería comportarse como un capullo.

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