lunes, 17 de mayo de 2010

Ojeras y orejas

En España presumimos de fiesta y siesta. Pero ambas cosas algunas veces están reñidas: el jaleo que montamos al desconectar impide que otros carguen las baterías. Los más hartos cuelgan pancartas para que todo el mundo recuerde que su infortunio es culpa del Ayuntamiento. Pero la masa sigue asumiendo que, igual que las jotas no se pueden cantar por lo bajini, el que vive en el centro o en zona interesante tiene que envolverse en la almohada para conciliar el sueño. No parecen importar aquí las garantías constitucionales que sacralizan las cabinas para emitir el voto o la libertad de cátedra, el derecho de huelga o a no confesar sobre nuestra religión. El derecho a dormir parece secundario, una rareza de gente sin suerte y sin buen humor. Algo que el Ayuntamiento debería ordenar pero, ojo, sin que nadie salga herido. ¡Quién quiere dormir pudiendo votar! El agua ha de ser pura y el aire ni te cuento. Pero las orejas no hay que cuidarlas. El ruido, o eso parece, no mancha.

Dilbert.com

Ahora el Ayuntamiento despierta. Y asoma la patita con forma de multa. Multón, mejor dicho. ¿Cuántas sanciones ha puesto recientemente? Que lo explique y que se sepa. Y si algo no funciona en el engranaje que ha de convertir el incivismo ajeno en pecunio, mejor que se arregle aunque con ello no se ganen ningún titular. Han parido una normativa más cruda que la anterior: ole. El afán recaudatorio no tiene que presuponerse y el efecto disuasorio se da por hecho. Muy bien todo, pero recuerden lo que les digo: el diablo está en los detalles. 
El diccionario dice que ruido es, en el medio ambiente, todo sonido no deseado por el receptor o si deseado pero no comprensible. Hay un ruido cultural –y cultureta– que se apaga en el centro. Porque se impone un bostezo de barrio ortogonal como en EEUU. La gente se ha ido a las montañas y lo que queda es puesto en franquicia cuando no hay bocas que mantener al otro lado. Así se murió el intento de cine de verano la legislatura pasada: molestaba al trote del caballo del malo, el beso de la chica y el silbar de las flechas. Ahora por fin le meten mano al malo de la película. El bafle. Pero ese engendro ha crecido porque le han dado de comer. Ahora, le toca retratarse.

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