miércoles, 30 de junio de 2010

Están locos estos romanos.

La máquina de expedir carnets de proletario se ha vuelto loca. Andan algunos repletos de moscosos, con subidas de sueldo programadas y curros de por vida y con algún seguro privado contratado mientras la momia de Lenin estaba en fase rem y no se enteraba de la cosa. La crisis los ha golpeado y les ha quitado unas perras, el convenio ha quedado en papel mojado y Marx ha dado un par de patadas a la tapa del nicho desde dentro, pero sin ir más allá. Tal vez porque sabe el viejo cadáver barbudo, con esa perspectiva histórica que tienen los muertos, que en estos días hay un río de gentes de todas las partes del mundo que discurre camino del sumidero del puto capitalismo, y perdón por la expresión. Hicieron falta para alicatar el horizonte o para vender el socarrat de nuestros sueños consumistas, o para fregar los platos sin que se note demasiado en los precios del menú. Pero todo eso ya se ha terminado y marchan camino del desguace. Muchos no han necesitado ni carta de despido porque desde hace tiempo sus vidas se compraban al peso en tramos de varios meses. ¿Quién necesita saber si tendrá curro en noviembre si todavía estamos a febrero? ¿Usted?
Son una marea humana que no sabe muy bien qué hará más adelante pero tiene claro que hoy no puede dejar de hacer cosas aunque sea en el mercado negro. Una molestia para el sistema, eso son los parados, una espada de Damocles para el presupuesto y un dolor de cabeza para los políticos. Pero mientras los galenos se pelean entre ellos los capitanes de cada calle se lanzan a las cruzadas con banderita sindical diciendo que al César lo que es del César. 
Bien. Pero es que a César no llega mucha gente ahora. Ni a centurión tampoco. No hay sitio para chupar de la teta de la loba que crió a los fundadores de Roma. Hay un optimismo clandestino y un pesimismo de telediario, gente que se moja cuando llueve y que estos días es escupida por el Metro a la puñetera calle. Allí dentro andan las centurias revueltas, peleando por sus monedas de oro. Y afuera, con las manos en los bolsillos, está la multitud esperando que el león se coma a otro. Están locos estos romanos.

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