martes, 15 de junio de 2010

Las pintadas cobardes y los ataques aislados no nos representan. No les concedamos ese respaldo

El  juicio por la terrible agresión sufrida por el congoleño Miwa Buene ha puesto a Alcalá bajo la sombra de la xenofobia. La acusación imputa al principal sospechoso, Roberto Alonso, el agravante de racismo en un crimen que, por otro lado, pide a gritos que caiga todo el peso de la ley sobre el culpable. Todas las agresiones son condenables, pero las sufridas por extranjeros en nuestra ciudad deben provocar una reflexión sobre la convicencia en Alcalá. ¿Existe un problema de racismo? Las condiciones económicas cada vez más difíciles, el alto índice de paro y lo baja que es la renta media más la importante población inmigrante y algunos problemas estructurales que arrastra Alcalá como ciudad postindustrial aconsejan extremar las cautelas ante la posibilidad de que eclosione el huevo de la serpiente del racismo. Sin embargo, los repudiables y asquerosos hechos aislados a los que alguna vez hemos asistido no deben emborronar un marco de convivencia que de momento es más que aceptable.
Alcalá lleva recibiendo inmigrantes desde finales de los ochenta, cuando el fenómeno era completamente nuevo en España salvo en núcleos más al sur. Fueron los años de la llegada de los polacos y con ellos ya en la ciudad atravesamos la crisis económica de principios de los noventa. Con el cambio de siglo ha sido la población rumana, pero también latinos y africanos, los que han cobrado protagonismo como trabajadores y también como usuarios de los servicios y las zonas comunes. Es cierto que otras nacionalidades distintas a la extranjera aparecen con frecuencia en las crónicas de sucesos, pero también hay que destacar que ahora la cifra de extranjeros ronda ya los 30.000, de lo que sólo se puede deducir que hay una inmensa mayoría de población que se limita a trabajar honradamente en lo que puede y a ahorrar dinero para mandar a su país.
Tan injusto es extender la sombra de la sospecha a todos los inmigrantes por los problemas que algunos de ellos causan como imputar a la sociedad alcalaína el sambenito de racista por ataques como el de Miwa. O por pintadas cobardes que aparecen en las paredes o por preferencias de algunos grupos fascistas de fuera por celebrar aquí alguna reunión semiclandestina. La convivencia en Alcalá es buena incluso a pesar de la crisis: los extranjeros abren sus negocios, trabajan para otros españoles, caminan seguros por las calles y tienen acceso a los mismos servicios que el resto.  En Alcalá no se debe obviar al sector inculto, intolerante o sencillamente malvado que trata que cunda en los demás su desprecio al extranjero: hay que combatirlo. Pero admitir que esa execrable actitud es una cualidad de Alcalá sería dar a los racistas cobardes y a los fascistas violentos que hay en cualquier ciudad un plus de legitimidad. Alcalá no es así.  

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