miércoles, 14 de julio de 2010

Vecineitor

Las mareas suben y bajan, la temperatura hace lo que le da la gana y la tierra se seca. Son desastres que criban la flora y la fauna: el lince está en jaque, las ballenas se desorientan y a las tortugas les quedan dos pasodobles. Pero hay razas resistentes que perduran, como el vecineitor. Prolifera en todo tipo de ecosistemas: los adosados, las barriadas populares y las urbanizaciones del sopor bendito. No se va mucho de vacaciones, y asoma con el colmillo retorcido si oye al futuro llamar a la puerta.
Cuidado, vecineitor, que un día puedes amanecer con una cárcel cerca de casa. Ojo, que te suben el precio del agua sin que des permiso. Atención, que te ponen  un evento cultural cerca y no puedes escuchar El Larguero durante un par de noches estivales. Son tantos los peligros que acechan la tranquilidad del vecineitor, que al final copula menos y jode más que nunca. Y vuelta a empezar.
Toc, toc: "Soy el carril bici", suena al otro lado de la puerta. "Fuera, vade retro", clama la colérica criatura.  A saber las pestes que entrarán por esa endemoniada infraestructura, que me puede impedir aparcar allá o acullá, estirar los pinreles en el banco de siempre o que mi perro se moñigue, con perdón, en el decímetro cuadrado terráqueo que acostumbra. Santas costumbres, sagradas a estas alturas, que jamás la ingeniería o el progreso debería osar pervertir. Vale, vecineitor: ¿Pero donde se lo ponemos entonces?
Vecineitor tiene siempre en la recámara un cartucho para estas preguntas a bocajarro.
–"En otro sitio, copón".
Pues eso, copón. El urbanismo a la gallega buscará si a través del intestino grueso de las generaciones sucesivas hará menos daño, moral o sobre todo electoral, la serpiente rosa bicicletera. Ya era hora de que alguien pusiese, ¡sí!, coto a las dos ruedas, que toman calles y plazas en la ciudad y nos van a dejar en la inopia. Y alguien, como el alcalde de aquel sainete, se subirá a un pedrusco y dirá: "Vecinos de este lugar, hay que vencer o ganar".  Que  nadie se moleste o que nada se haga. Si es posible, las dos cosas.
No pasará, señores, aquello por delante de sus portales. No inventaremos, tranquilos, una alternativa al bujero de basura que llamamos vertedero. Dejaremos aparcar en las amígdalas de Justo y Pastor para que nadie se embolarde. No molestemos a los espíritus del bosque, que compadrean con nuestros muertos y agarran de los tobillos a los vivos cuando se atreven a nadar un poco más lejos que ayer. ¡Buuu!

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