miércoles, 25 de agosto de 2010

Ruido y fritanga, yo os invoco

Con el paso del tiempo uno se vuelve cobarde ante los riesgos innecesarios, por eso los cacharros de la Feria pierden predicamento entre la parte más alta de la pirámide de la población. El vértigo y el susto gratuito tienen menos sentido cuando pesa sobre nuestros hombros la responsabilidad de engrendrar otros seres humanos, hacer crecer a las crías y vigilar nuestro pedazo de tierra. Otros lances más vitales nunca llegan a ser pan comido, pero cosas como la seducción, la lucha por lo que nos pertenece o hasta el tabú de la propia muerte se encaran mejor con el paso de los años. Está claro entonces que los parques de atracciones no contienen ningún asunto sagrado y están vacíos de hitos evolutivos. Son un artificio que parece creado por alguien venido de otros mundos para que nos hagamos preguntas: igual que pasa con las pirámides Egipto.
¿Por qué hay una bruja que va en tren? ¿Por qué esa guerra de canciones en vez de cooperar en un solo hilo musical? Parece un desvarío de Dalí. La comida que nos sirven entre ruido y arena es del siglo XIX y los precios parecen del Estocolmo contemporáneo. Sí, la Feria es un corte de mangas al endocrino. El Gobierno propone y el ciudadano dispone: no hay mano invisible del mercado, la fritanga tiene un espectro soviético que pasa desapercibido.
Puede ser una pose cultureta vilipendiar las Ferias. Acude la masa, pero son legión los voceros que despreciamos muchas de sus capas. Nadie sabe qué hay realmente en el centro de esa cebolla conceptual, qué sentido tiene todo eso. Quién lo creó, qué mayoría lo apoya o por qué sólo se presenta un contratista para invocar los cacharros y los conciertos. Son abismos insondables.
Creo que la Feria, aunque no fastidie a todo el mundo, aporta cada vez menos a la biografía de la gente: allí suceden muy pocas cosas y muchos accidente, pero las expectativas han quedado tan rebajadas que se ha convertido en un clásico. O peor: algo inmortal. Los humanos somos gente rara.

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