viernes, 15 de octubre de 2010

No hay derecho

En la nueva aldea global el trabajo es un bien escaso: se vive y se mata por él. Es ley de vida, pero no nos intenten vender la moto de que son inevitables las colas en el paro al alba, la tomadura de pelo de hacer noche a las puertas de esa oficina, el mercadeo con turnos cogidos por partida doble, las borderías de los funcionarios, la desorganización y los pobres recursos para un servicio que ahora mismo es crucial para mucha gente que se ve en esa situación contra su voluntad.
Lo que ocurre cada amanecer en Alcalá junto a las oficinas del paro es fruto de la estulticia de todas y cada una de las personas que integran la cadena de mando. No hay demasiados parados, ni demasiados incendios, ni demasiados enfermos. Hay demasiados observatorios, asesores y consejos y pocos gestores que sepan ver más allá de sus narices. ¡Abran por la tarde, por amor de Dios! Si una mercería puede, también podrá una consejería... 
Si las cadenas de comida rápida son capaces de servir hamburguesas en coches a escala planetaria, si Hacienda es capaz de hacerte la declaración de la renta casi por sms y si usted y yo somos capaces de llegar a fin de mes y cumplir con nuestra obligaciones familiares... ¿por qué el Gobierno no sabe hacer su trabajo? Porque, sencillamente, le da igual.
Los parados son munición electoral: buenas noticias para unos cuando suben, buenas para otros cuando bajan. Son un granero de votos en desbandada, una banda de menesterosos a los que engatusar con dádivas, limosnas y otros ungüentos de última hora. Si los consejeros y los ministros los viesen como personas, no serían tratados como personas. Así de sencillo.
Así pasa la vida, esperando que le toque al de al lado, pero que le toque a alguien siempre. Mientras haya paro habrá política, no hará falta saber de negocios fumar puros. Fuera, en la calle, el cabreo de siempre. Y dentro, calentitos, gente que no se encontraría el pito con un mapa.

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