miércoles, 10 de noviembre de 2010

Sobra gafa y falta pasta

Dicen que las cosas sólo son verdaderamente respetadas y reverenciadas cuando van a morir. En el teatro volaba la fruta en el siglo XVI, pero hoy no se permiten teléfonos ni palomitas: como mucho, tripas de las que crujen. Sabemos que está más vivo que nunca, pero vive con un tono de piel mortecino que le hace que lo venere hasta la gente que no puede ir. La publicidad, tan vilipendiada siempre, vive una época de oro: es genial, es más cara, rezuma más talento, no se piratea, ganamos premios en Cannes. ¡Viva la publicidad! Otro paciente al que el enterrador  viene a tomar medidas.

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Y el cine. Hablemos del cine. Arrinconado por la tecnología, víctima de su caro modo de proceder, de su laboriosa repetición hasta lograr la perfección subjetiva, víctima de las distribuidoras y de las salas, que han matado a la gallina de los huevos de oro vendiendo las palomitas a precio de diamante y la cocacola como si fuese vino francés del bueno. Se impone la mantita y la película pirateada porque las parejitas ya no quieren meterse mano en la última fila, sino en su hiperhipotecada vivienda. Con todos estos males y algunos dolores que me dejo en el tintero se mantiene la adoración por las estrellas de Hollywood, la admiración por los valientes, la misma devoción que hubo antaño por la sangre y el metesaca. Pero es una pasión más abstracta, la de una multitud que lee o escucha entrevistas, que admira fotos o postea enlaces pintones. Es la adoración que se tiene por los muertos, que eran todos de puta madre, pero no los vamos a ver nunca. El cine se queda desierto porque sabemos que al difunto lo tenemos en casa, vivo y coleando casi como en su día estuvo el original, y siempre nos podemos recrear con las bodas y embarazos de las estrellas, sus separaciones o sus pechos turgentes, sus tabletas de chocolate o sencillamente sus desgracias. Esa adoración superficial no merma nuestro pecunio al pasar por taquilla alguna, y al fin y al cabo el cine vive y las pelis se siguen rodando. Aunque pocos lo vean de cuerpo presente, porque sobra gafa y falta pasta.

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