domingo, 5 de diciembre de 2010

Si el trabajo es una broma ¿por qué no podemos reirnos todos?

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A Veruska, varada en el Prat
por culpa del la codicia humana


El caos aéreo ocasionado este fin de semana por el paro salvaje de controladores ha provocado que AENA haya abierto expediente a 442 de ellos, una quinta parte de un colectivo que cuenta con unos 2.200 profesionales. Sobran razones para ello, porque han traicionado la confianza que se ha depositado en ellos y han puesto en peligro las comunicaciones en España. Han roto los planes de cerca de medio millón de personas y han provocado unas pérdidas monumentales al sector hostelero. La apertura de los 442 expedientes disciplinarios es independiente de las actuaciones que lleve a cabo la Fiscalía, pues se trata de una huelga encubierta, no de un caso más de absentismo laboral injustificado. Ha de estudiarse cada caso y está previsto que a algunos se les aparte de forma definitiva de su puesto y a otros se les suspenda de empleo y sueldo o que haya también expulsiones definitivas. Recordemos que según estimaciones no oficiales, 650.000 viajeros se han visto afectados por el caos generado en los aeropuertos.
Pero más allá de los castigos, lo ocurrido este fin de semana en España debería movernos a una reflexión sobre la propia concepción que tenemos del trabajo. El siglo pasado lo hemos despedido con la conciencia clara y absoluta de que se trata de un bien escaso. En 1995 el libro El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, auguró los dramáticos efectos que el  avance de las tecnologías de las comunicaciones y los ordenadores acabarían provocando a nivel mundial en el ámbito laboral: una desocupación tecnológica creciente y la extinción de millones de puestos de trabajo. Muchos economistas dudan de tal augurio, pero precisamente la crisis económica ha vuelto a poner en el centro de las preocupaciones económicas la del empleo, por encima de los ahorros, el ascenso social o la conciliación de la vida laboral.
Sin embargo, pese a ese miedo finisecular, en muchos ámbitos el trabajo se sigue tomando a la ligera. Como si fuese más una maldición de Dios tras habernos expulsado del paraíso en lugar de una forma de trabajar para la sociedad, demostrar nuestra valía y ganarnos la vida. Y se contempla el presente como una fuente inagotable de riqueza, sin duda mal repartida, ante la que sólo hay que agacharse y beber. Los sindicatos, muy especialmente en la función pública, consideran que son los cambios históricos o las necesidades del país los que deben doblegarse a las condiciones negociadas, nunca al revés. Sin pensar que todo lo que tenga uno de más no lo puede tener el del fondo. Y así cada vez la sociedad está más divida en dos mitades. Por un lado, bien o mal pagados, los que tienen garantizado un trabajo y unas condiciones desde el día que tomaron posesión de su puesto por unas normas rubricadas por la autoridad. Por otro, los que cumplen con los trabajos que el propio crecimiento económico va demandando con las condiciones que las empresas, mientras existen, van imponiendo en cada momento en función de la productividad, la inversión que están dispuestas a hacer y la disponibilidad de trabajadores dispuestos a cumplir con esa tarea.
Tal vez en el centro de todo esté la bienintencionada concepción del trabajo como un derecho, que tan profusamente se ha dado en constituciones y textos políticos o sindicales. O peor todavía, el trabajo como una obligación: el viejo discurso de padre severo que moldea al pensamiento conservador.
Pero en realidad el trabajo no es más que una actividad o tal vez una opción. En la práctica nadie puede exigir que le den un empleo. Y mucho menos se puede obligar a alguien a que trabaje: tan respetables son los movimientos que promueven la vida contemplativa y el autoabastecimiento de la naturaleza como las personas que optan por el pluriempleo.
Lo que no podemos permitir como sociedad es que alguien ocupe un puesto de trabajo y no trabaje. No sólo porque representa una carga –y en el caso de los controladores una amenaza– para el resto. Sino porque es una contradicción letal considerar que el trabajo es algo fundamental cuando no se tiene –y por lo tanto hay que subvencionar ayudas entre todos, buscar maneras de generar empleo y formas de reciclar a la gente– y sin embargo se trata de algo completamente secundario cuando sí se tiene –de modo que se puede dejar de hacer sin previo aviso cuando no se considera justo o negarse a hacerlo de la manera más apropiada porque no es la más cómoda– y parece que siempre va a estar ahí.  
Tan necesario es que el Estado y las empresas velen por el empleo como que todo el mundo se lo tome con seriedad. Este fin de semana no ha sido un buen ejemplo.

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