martes, 18 de mayo de 2010

Recupera sus cosas tras cachear ella misma al ladrón

Faltó poco para que le robasen el bolso pero los buenos reflejos evitaron que el ladrón se saliese con la suya. Ocurrió el pasado sábado, cuando una joven estaba tomando unas tapas en el restaurante Indalo de la calle Libreros. "Cuando me doy la vuelta veo a un chaval de unos 30 años, con mi PDA en la mano y los cascos del iPod", recuerda E.B.S, que acto seguido dio la voz de alarma. Había pillado al delincuente con las manos en la masa.
Ayudada por su novio y un amigo de ambos que estaba con ellos en ese momento, inmovilizaron al ladrón, al parecer marroquí, para ver si había robado algo más. Pero "sólo me había cogido el dinero del monedero, poco más de 20 euros, que encontramos en sus bolsillos". El cacheo fue completo y exhaustivo en medio del restaurante, para pasmo de muchos clientes que cenaban a esa hora. 
El ladrón portaba una chaqueta en el brazo que resultó ser de un cliente de una mesa cercana, que cayó en la cuenta a raíz del revuelo creado. El ladrón, recuerda E.B.S, estaba  "bastante asustado y pidiendo que no llamásemos a la policía". Al final la joven decidió no poner denuncia y dejar marchar al amigo de lo ajeno con un enérgico "anda: tira, tira..." Se fue de rositas pero "bastante abochornado por la escena, o por lo menos eso me pareció". E.B.S cree que el ladrón fue "muy torpe", tanto por la zona que escogió para robar como por lo poco disimulado que fue. 

lunes, 17 de mayo de 2010

Ojeras y orejas

En España presumimos de fiesta y siesta. Pero ambas cosas algunas veces están reñidas: el jaleo que montamos al desconectar impide que otros carguen las baterías. Los más hartos cuelgan pancartas para que todo el mundo recuerde que su infortunio es culpa del Ayuntamiento. Pero la masa sigue asumiendo que, igual que las jotas no se pueden cantar por lo bajini, el que vive en el centro o en zona interesante tiene que envolverse en la almohada para conciliar el sueño. No parecen importar aquí las garantías constitucionales que sacralizan las cabinas para emitir el voto o la libertad de cátedra, el derecho de huelga o a no confesar sobre nuestra religión. El derecho a dormir parece secundario, una rareza de gente sin suerte y sin buen humor. Algo que el Ayuntamiento debería ordenar pero, ojo, sin que nadie salga herido. ¡Quién quiere dormir pudiendo votar! El agua ha de ser pura y el aire ni te cuento. Pero las orejas no hay que cuidarlas. El ruido, o eso parece, no mancha.

Dilbert.com

Ahora el Ayuntamiento despierta. Y asoma la patita con forma de multa. Multón, mejor dicho. ¿Cuántas sanciones ha puesto recientemente? Que lo explique y que se sepa. Y si algo no funciona en el engranaje que ha de convertir el incivismo ajeno en pecunio, mejor que se arregle aunque con ello no se ganen ningún titular. Han parido una normativa más cruda que la anterior: ole. El afán recaudatorio no tiene que presuponerse y el efecto disuasorio se da por hecho. Muy bien todo, pero recuerden lo que les digo: el diablo está en los detalles. 
El diccionario dice que ruido es, en el medio ambiente, todo sonido no deseado por el receptor o si deseado pero no comprensible. Hay un ruido cultural –y cultureta– que se apaga en el centro. Porque se impone un bostezo de barrio ortogonal como en EEUU. La gente se ha ido a las montañas y lo que queda es puesto en franquicia cuando no hay bocas que mantener al otro lado. Así se murió el intento de cine de verano la legislatura pasada: molestaba al trote del caballo del malo, el beso de la chica y el silbar de las flechas. Ahora por fin le meten mano al malo de la película. El bafle. Pero ese engendro ha crecido porque le han dado de comer. Ahora, le toca retratarse.