viernes, 1 de octubre de 2010

El duque de Feria vestido de Super Coco

Recuerdo haber leído de niño la historia de aquel tren de pasajeros que descarriló en la montaña a finales del siglo XIX. La prensa de entonces recogió en sus páginas la tragedia, que deparó pocos heridos y decenas de muertos. El cronista finisecular cerró la crónica de urgencia con una frase que define aquella época: "Afortunadamente la mayoría de los viajeros muertos eran de segunda clase". Echando un vistazo a lo escrito, dicho y berreado sobre la huelga, creo que no hemos aprendido mucho del desafortunado juntaletras. Sólo así se entiende que decenas de abusones patrocinados por CCOO y UGT se hayan echado a la calle para entregarse a una orgía de incumplimientos masivos y sistemáticos de todo tipo de leyes: desde las que rigen el comportamiento del peatón hasta las más elementales de limpieza y fijado de carteles, pasando por las que recogen las libertades individuales, el derecho a la propiedad y el derecho al trabajo. Si esto sucede de una manera tan bien coordinada y organizada es sin duda porque se dirige desde las propias centrales sindicales, aunque ahora los hermanos Dalton que ven ustedes retratados en la página de la izquierda aparezcan como ciudadanos honrados ajenos al reventado masivo de cerraduras. Y concluyo mi argumentación ahora y verán por qué les cuento lo del tren: si estos dos caballeros o sus delegados se atreven a organizar el ese akelarre casposo de presentarse en docenas ante una tienducha para sugerir que cierre... es porque saben que no tendrán al día siguiente a la Policía en la puerta de su sede pidiendo que salgan con las manos en alto. Siempre hubo castas.

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Les aseguro que si una noche mi jefe y yo diésemos instucciones a nuestra tropa de empapelar Alcalá con nuestro logotipo, reventar las cerraduras de los concejales que no nos conceden las entrevistas en tiempo y forma –la mayoría– y acudiésemos en grupos de 10 a los kioscos que no ponen nuestro periódico en un sitio preferente, tarde o temprano se nos aparecerían los maderos para invitarnos a conocer el cuartelillo que tienen y hacernos unas preguntas por emular a Al Capone en versión seborreica.  
No se entiende, por tanto, el pasotismo del que se encoge de hombros cuando el cierre reventado es el de otro. Ni esa impunidad de unos sindicatos que de manera calculada promueven desmanes y luego se presentan  ante la chavalería como Super Coco cuando son el Duque de Feria. La libertad es algo más serio.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Jobs Are The New Assets (sagrado lunes)

Dicen que si el trabajo fuese bueno, no pagarían por hacerlo. Nunca fue España tierra de promisión, sino una antípoda europea. Un lugar propenso a las leyendas, la fantasía, la tragedia. Un cementerio de oro oteado desde las alturas por un Dios que nos condenó a trabajar, que parió a ricos escogidos con criterios oscuros y dispuso todo para ponernos a prueba hasta que llegase la vida celestial.  
Hace poco escribieron en EEUU una frase clarividente: jobs are the new assets, los empleos son los nuevos activos. Son las riquezas ahora, las posesiones de hoy. Estamos volviendo a descubrir el trabajo como el activo más valioso que una persona puede tener después de años en los que muchos soñaron con amasar casas con algo de sabiduría –no demasiada– para llegar a tocar las estrellas. Antes fue la Bolsa –abierta a todos los públicos– el vellocino de oro para esa masa sin apellido compuesto.


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Todo eso se ha esfumado, y nos hemos quedado mirando el paisaje. El sudor de nuestra frente sigue donde estaba, pero ahora es testimonio además de que estamos vivos pese a la crecida de las aguas. Quien tiene un trabajo tiene un tesoro, lo cuida o se prepara para uno mejor. Nuestros confines son las vacaciones, la paga extra, el ascenso, la experiencia humana y profesional compartida con los demás.
Sólo el trabajo vitalicio para el Estado, tallado en cobre de conquista social fulgurante, había merecido hasta ahora tales reverencias, sacrificios, luchas, desvelos. Antes era el sábado cuando los caminos de los afortunados y los juguetes rotos se separaban, unos a la playa y otros a sacudir las alfombras en la ventana. Hoy es el lunes el que nos separa, el día que se aplica el duro veredicto de la meritocracia, del azar, de los cielos, los mercados o cualquier otro culpable que ustedes elijan. 

Ese bien escaso, siempre discutido y ahora más reñido que nunca, no puede ser defendido por quien lo repudia, por quien no sabe respetarlo salvo cuando queda dentro de su estrategia. Para pegar unas siglas en un muro no hace falta morir por ellas, pero es necesario creer en lo que hay al otro lado de la pared. 

martes, 28 de septiembre de 2010

Parad el país pero recordad que me amáis

Decía Gregorio Marañón que el trabajo sin prisa es el mayor descanso para el organismo. Hoy será un día extraño para nuestro sistema inmunológico: puede empezar con un madrugón para la larga espera del bus, seguir con una riña con algún fanático de los acrónimos obreros que nos insista en parar y luego desembocar en un estrés por el trabajo acumulado por los compañeros ausentes. Alguien nos pasará la mano por el hombro y nos dirá que bien hecho, que está todo fatal pero no es momento de huelgas. Los llamo los piqueteros del más allá, que postergan la movilización social hasta nuestra definitiva entrada en el Paraíso, acompañados de nuestros seres difuntos y bajo la mirada de San Pedro.   
Pero todo este jaleo no es nada comparado con lo que sufrirán las meninges de los que habiendo votado a Zapatero, irán hoy a la huelga contra él para votarle de nuevo más adelante. Sufrirán en Madrid los servicios mínimos más rácanos de España pero no verán otra culpable que la presidenta. Zapatero sabe que mucho votante se desfogará hoy maldiciendo el capitalismo, y que estará mejor folladito para cuando haya que emboscar al votante. La caza del zorro ha comenzado. Escojan un árbol para esconderse.