viernes, 15 de octubre de 2010

No hay derecho

En la nueva aldea global el trabajo es un bien escaso: se vive y se mata por él. Es ley de vida, pero no nos intenten vender la moto de que son inevitables las colas en el paro al alba, la tomadura de pelo de hacer noche a las puertas de esa oficina, el mercadeo con turnos cogidos por partida doble, las borderías de los funcionarios, la desorganización y los pobres recursos para un servicio que ahora mismo es crucial para mucha gente que se ve en esa situación contra su voluntad.
Lo que ocurre cada amanecer en Alcalá junto a las oficinas del paro es fruto de la estulticia de todas y cada una de las personas que integran la cadena de mando. No hay demasiados parados, ni demasiados incendios, ni demasiados enfermos. Hay demasiados observatorios, asesores y consejos y pocos gestores que sepan ver más allá de sus narices. ¡Abran por la tarde, por amor de Dios! Si una mercería puede, también podrá una consejería... 
Si las cadenas de comida rápida son capaces de servir hamburguesas en coches a escala planetaria, si Hacienda es capaz de hacerte la declaración de la renta casi por sms y si usted y yo somos capaces de llegar a fin de mes y cumplir con nuestra obligaciones familiares... ¿por qué el Gobierno no sabe hacer su trabajo? Porque, sencillamente, le da igual.
Los parados son munición electoral: buenas noticias para unos cuando suben, buenas para otros cuando bajan. Son un granero de votos en desbandada, una banda de menesterosos a los que engatusar con dádivas, limosnas y otros ungüentos de última hora. Si los consejeros y los ministros los viesen como personas, no serían tratados como personas. Así de sencillo.
Así pasa la vida, esperando que le toque al de al lado, pero que le toque a alguien siempre. Mientras haya paro habrá política, no hará falta saber de negocios fumar puros. Fuera, en la calle, el cabreo de siempre. Y dentro, calentitos, gente que no se encontraría el pito con un mapa.

jueves, 14 de octubre de 2010

Ciudadanos, no súbditos

La cita electoral de mayo del año que viene está cada vez más cerca y sobra decir que es clave: decidirá ayuntamientos y comunidades autónomas, pero también dará una instantánea de en qué punto se encuentra el pulso Zapatero y Rajoy, previsibles rivales de cara a las elecciones generales de 2012. Al calor de la precampaña se concentran las inauguraciones de los gobiernos por un lado y las ganas de aguar la fiesta de los grupos de la oposición. Arreciarán más las pitadas, las declaraciones altisonantes en los medios y los ataques dialécticos. Es inevitable, pero sería bueno que, sobre todo en el plano nacional –por la crisis que han de manejar unos u otros– aflorasen cuanto antes más ideas y propuestas de futuro. El ejemplo cundiría tal vez en las divisiones regionales de los partidos, muchas veces comparsa de Ferraz o Génova.  Y también en las agrupaciones locales, pues por ejemplo en Alcalá los socialistas hace tiempo que adoptaron en papel de mono de repetición y alabanza ante todo lo que emprende o rectifica Zapatero.
Las polémicas, muchas de ellas bizantinas, son inevitables. Y las propuestas, necesarias. Pero además los partidos deberían tener algo más de respeto y decoro con el sistema que tan bien les da de comer: las instituciones públicas. Las obras no salen del bolsillo del presidente, ni de la paga de la presidenta, ni del presupuesto familiar del alcalde. Son dinero ciudadano, algunas veces gestionado con pericia y eficacia pero casi siempre con alguna demora en el tiempo o algún error de planteamiento. Así que lo primero que se impone es algo de modestia y honradez, pero sobre todo no tratar al ciudadano como si fuese un ignorante que cree que las infraestructuras son un acto de amor de los padres de la patria hacia el pueblo harapiento y desposeido de sus derechos. En realidad el derecho a disfrutar de tales dotaciones y el deber de pagarlas con los impuestos existían mucho antes de que ellos llegasen al poder y continuará vigente cuando se hayan marchado.
Aunque todos los concejales del Ayuntamiento y los diputados de la Asamblea deberían aplicarse estas palabras, es imposible no destacar la actitud de la delegada del Gobierno, Amparo Valcarce. Sin querer entrar a valorar ahora su gestión como responsable política, debemos suplicarle desde estas líneas un mínimo de decoro, de sentido del ridículo, de madurez y de respeto al ciudadano cuando  habla en nombre de nuestro Gobierno. Su tono propagandístico y las loas que con asiduidad canta a su presidente cada vez que se le acercan los periodistas no casan con su puesto de responsable política en un país serio donde los partidos son una cosa y las instituciones otra. Los ciudadanos, que no súbditos, se merecen otra cosa. 

El Hospital tuvo un brote de salmonelosis con 20 afectados

El Hospital Príncipe de Asturias descubrió un brote de salmonelosis en sus propias cocinas el pasado mes de agosto. En torno a una veintena de trabajadores se vieron afectados tras ingerir alimentos de la cafetería reservada al personal del centro. La mayor parte sufrió fuertes síntomas y algunos tuvieron que recibir tratamiento.  
El centro lo admitió ayer y sin querer dar muchos detalles: "El pasado mes de agosto el hospital comunicó al servicio de epidemiología del área 3 la aparición de varios casos de gastroenteritis que se habían dado entre profesionales que trabajaron los días 30 y 31 de julio", dijo una portavoz. Un cultivo posterior reveló que se trataba de salmonela. La intoxicación sucedió un viernes, aunque no fue hasta unos días después cuando en el Hospital se dieron cuenta de la magnitud que estaba tomando el asunto. Al volver tras el fin de semana varios trabajadores comentaron cómo habían pasado el fin de semana con terribles diarreas y en algunos casos con vómitos. El Hospital, que al ser consultado ayer sobre el asunto no quiso aclarar cuántas personas se vieron afectadas, se puso en contacto con el servicio de Epidemiología. 
Tampoco ha explicado el Hospital qué falló en el control de calidad de la cafetería del Hospital para que se produjese esta intoxicación, aunque los indicios apuntan a la falta de higiene de alguna de las personas que manipulan los alimentos. Aunque todos los trabajadores afectados habían comido en la cafetería de personal, algunos habían cenado la noche del jueves, otros comido o cenado el viernes y alguno había almorzado el sábado. De hecho, varios trabajadores contaminados el mismo día habían optado por platos distintos. El problema no estaría entonces en la ruptura de la cadena de frío sino en la falta de higiene tras ir al baño de algún trabajador del servicio de comidas. 
Los síntomas detectados eran  bien similares: diarreas líquidas, típicas de los casos de salmonelosis y en algunos casos fiebre. Otros presentaban vómitos además de diarrea, lo que representa un caso más grave por el riesgo de deshidratación. El departamento de Salud Laboral tomó cartas en el asunto y sanitarios del centro aseguran que "hasta hubo gente ingresada", extremo que el Hospital negó diciendo que no hubo ninguna hospitalización.
En total cerca de una veintena de trabajadores sufrieron esta intoxicación alimentaria, aunque alguno de ellos no supuso baja para el Hospital pues la ingesta del alimento contaminado ocurrió justo el día antes de irse de vacaciones.  Entre las unidades más diezmadas por el caso de salmonelosis estaba Urgencias. Había casos leves y otros más agudos, con personas con riesgo de deshidratación porque no retenían apenas ningún líquido: como tenían diarrea y vómitos  para ellos se puso en marcha un tratamiento de rehidratación, con sueroterapia y otros medios de apoyo. Los que padecían fiebre recibieron antibióticos.
Al inicio de la crisis hubo tantos posibles casos al mismo tiempo que se les tuvo que ir llamando por turnos planta a planta. Desde un primer momento, explica la dirección del Príncipe de Asturias,  "se pusieron en marcha  los protocolos que establece Salud Pública". Además, "se reforzó la vigilancia de la conservación de los alimentos y no se ha vuelto a dar ningún caso".

miércoles, 13 de octubre de 2010

Letizia coño, cómete el pollo

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El pueblo produce cosas que ni el tirano se merece. No digo ya el vicioso telespectador, o incluso el santo ciudadano: el hacedor de parados, si existe, no se merece el griterío que hay repartido por los canales, los divorcios en tiempo real, el faltar al otro cuando el que sobra es uno –o una– y el dar más pena que la madre de Bambi en blanco y negro.
Decía Santiago Segura hace poco que en España no hay star system: Pé, su chorbo, Julio Iglesias, Alejandro Sanz... se largaron porque pasan del populacho y de sus dealers, de sus camellos, los asalariados de la prensa rosa. Son los que los persiguen con la alcachofa para pillar el rebufo del día: gruñido, excremento o placenta, no importa siempre y cuando haya anuncios caros delante y detrás. Para que me toquen la moral, que me la toquen en inglés que quedará mejor en mi biografía: ésa parece ser la reflexión general que ha alumbrado la espantá del glamour verdadero. Los famosos que quedan por aquí ya ni causan revuelo cuando la gente los ve en un Vips. No les fían en Museo Chicote y, lo que es peor, les invitan a carreras solidarias para que los veje un teletubie en el podio.
Como en 1492, tras expulsar lo que no cuadraba con nuestra cornamenta nos hemos quedado con la pureza de sangre: azul o choni, ustedes me dirán. Porque los Borbones viven precisamente de amarrarse a la piel de toro y no hay riesgo de fuga sino de atrincheramiento. Liberarse de nosotros sería morir, lentamente claro.
Pero al final lo que ha pasado es que los hijos se están comiendo a Saturno, y el bocado más gordo se lo ha dado una divorciada de Rivas llamada Letizia y una rubiaca de San Blas que se apellida Esteban y no se calla ni ahogada en cemento. El pueblo lanza escalas sobre los muros de la fama y las elites. Algunas veces lo hace con decoro y aterriza una de las suyas en La Zarzuela, y otras veces el trampolín es el mito español versionado en el polígono: torero y tronadillera. No iban a ser los de siempre los que viviesen sin trabajar. Ya se puede caer bajo sin haber estado jamás en las alturas.

martes, 12 de octubre de 2010

Un Carreforum global

No me cuenten que les han empujado porque ya lo sé. A poco sensible que sea usted y si se le dan bien las mates, habrá reparado en algo más: las estafas se cuentan por centenares. Repostería escasa con precios de dos dígitos, patatas fritas en plato de camping a precio de lubina a la sal... El Mercado es un río revuelto donde pocos pescan y muchos somos pescados. Hasta los carteristas salieron espantados.    
Pero quedarnos con eso sería, como dice mi jefe, señalar la luna y mirar el dedo. Vamos: que a nadie se le obliga a pagar por lo que no le parece justo ni a ir por donde va todo el mundo. Pero el Mercado como tal es una apuesta de la ciudad, y por ello ha de estar sometido a crítica ciudadana. ¿Está usted cansado? A lo mejor no es el único. Digamos que no somos Hawai, un paraíso lejano al que hacen el viaje de su vida cientos de parejitas y solteros en busca de aventura. Somos un destino cercano, aunque cazamos unos cuantos turistas de ultramar, y tenemos que renovar nuestro atractivo: no basta con cambiarlo de nombre, porque eso es el envoltorio nada más.
Puede ser el momento de plantearse tematizar el mercado, al menos parcialmente. Claro que otros me dirán que lo deje estar: donde hay colas hay felicidad. Si tan filo hilamos, lo dejo mejor como estaba. ¿Una morcillita?