miércoles, 5 de enero de 2011

La niña que soñaba con abortar a los 16 y que no se enterase ni Perry

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Al final la niña de Rajoy ha caído en el olvido, pero la de Zapatero está todo el día en boca todos. Hablo de esa niña de 16 años –una barely legal de las que le gustan a Dragó– que aborta todas las tardes sin que se entere ni papá ni mamá. Ambos progenitores deben de estar en la Luna, porque el resto tenemos presentes sus hazañas infanticidas aunque no la hayamos visto en la vida.
La adolescente de marras va camino de convertirse en una estrella de la tradición oral. Cada vez que alguien ve pisoteado algún supuesto derecho se acuerda de la niña que aborta. "¡Puede abortar la niña sin informar a los padres pero no puedo fumar en el bar!" Como comparación argumentativa, lo admito, no está mal: pero está gastada desde el año pasado. "¡No puedo estudiar en castellano pero la niña puede abortar con 16 años y sin decir ni pio! "¡La niña puede abortar y yo no puedo volar por culpa de los controladores!" "¡La niña aborta cuando quiere y yo no me voy a poder bajar las películas que me gustan!"
Parece que en 2010 todo el mundo ha visto pisoteados sus derechos menos las niñas preñadas, que hacen literalmente lo que les sale de la tomatera.
El otro día fui a un restaurante con una chica y le dije al maître que si podía servirnos el vino en copa de jerez.
–Claro que sí señor, si una niña de 16 años puede abortar sin avisar a los padres, usted puede tomar el vino hasta en vaso de tubo. Faltaría más.
Me parece hasta sensato que haya gente que se oponga a que la maldita niña aborte por lo bajini, pero se está abusando de esa figura legal como si hubiésemos devenido en una especie de Gomorra en la que siempre pillan cacho los demás. Y todo por reivindicar cosas que no se pueden hacer ni aquí, ni en Roma, ni en Nueva York, ni en Bután.
El verano pasado lo acabamos con un mantra mucho más positivo: "También dijeron que España no podría pasar de cuartos..." Los maridos volvieron a hacer el salto del tigre y las mujeres a cantar en la ducha. Pero la crisis nos ha dado dos capotazos y nos acordamos de la niña cuando truena.

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