miércoles, 9 de febrero de 2011

Peinado tenía razón (y usted no)

Supongo que el título de esta columna no hará las delicias de la clase política ni a un lado ni a otro. Los que mandan nunca verán suficientemente enterrado el cadáver político del antecesor de Bartolo en el Ayuntamiento: aquel tipo borde del bigote, Manuel Peinado, no muy conocedor de la ciudad pero sí del mundo, que nos quiso imponer no ir al centro en coche. El pueblo votó contra el bolardo porque confiaba más en la baraka que en el bien común a la hora de decidir quién pasa con el coche, quién aparca en el sacro rincón... Como María Antonieta, que pensó que si el pueblo no comía pan podría comer pasteles, Peinado desconocía a la manada. Sonaban berreos y pensaban que eran los podencos del PP. Pero era Fuenteovejuna.

Y luego están los socialistas de ahora, que se han abonado al tradicionalismo carpetovetónico, escoltando al regidor a banquetes y probaturas y haciendo aspavientos –¡quiá, las ratas del aire!– ante apuestas cortas en gaseosa como el carril bici. Éste, dicen, es un invento peligroso. Pero lo que es peligroso es construirlo –el carril bici o el bolardo– con eyaculadores de costrada arreglando el presente. Es un riesgo andar ordenando el transitar de la chapa y la pintura, que es la zona más sensible del glande muchas veces. Mejor dejarlo pasar. En EEUU es sagrado poder llevar armas y hacerse un seguro médico subprime: pobre del presidente, negrata o no, que se meta en estos berenjenales.

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En tiempos de Gorbachov a los niños les enseñaban en clase que los capitalistas nos ahogaríamos en nuestro propio humo. Pero ahora a ambos lados de Berlín el rostro pálido se cree el rey de la Creación. Antes de que muramos, bebamos. Mientras respiremos, aparquemos. Si tosemos, oremos. Pero estamos ya envueltos en veneno. Durmiendo en casas que valen la mitad de lo que pagamos por ellas. Surcando un espacio de dióxido de carbono con silenciador mientras los músicos del Titanic siguen tocando. Igual que pasa en economía, el invento no se sostiene. Todos admiten que el emperador está desnudo. Pero usted no quiso ver que ya tiene antenas.

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