miércoles, 9 de marzo de 2011

Falda y cataplines

Ya he encabronado al personal en alguna columna anterior explicando por qué no me gustan los uniformes, sobre todo los escolares. Son una lata para el que los lleva y no sirven más que para servir a las convenciones de siempre: es mejor dejarlos para la guerra y las películas porno, y también para cuando es necesario identificarse como currela del lugar. Si mides un metro, tienes 7 años y estás en un cole queda bastante claro que no eres el hombre de Tulipán dando la buena nueva. Pero a los padres les gusta, y como el ser humano tiene hijos para satisfacerse se da todos los gustos y éste el primero, que además facilita la colada y el fondo de armario de los pequeños cabroncetes. Pero qué rollo, por Dios, una infancia vestido de bedel con cuello de pico o disfrazada de puti-colegiala salida de la mente de Sánchez Dragó. No me intenten convencer, los uniformes de cole apestan a posguerra.
Ahora nos sale otra polémica a cuento de la faldita sexy de las aeromozas. Como con la edad uno se umbraliza un poco, no pienso más que improperios cada vez que alguien osa reclamar igualdades en las terminaciones de las palabras o en los consejos de administración, porque me parece hacer ingeniería social de la que fracasó en Berlín-Este pero encima con el desparpajo vividor de Berlín-Oeste. Imperdonable el espectáculo, por no entrar en categorías morales: los soviéticos defendían con su vida sus utopías, aquí no somos capaces ni de sacar el maldito crucifijo de las aulas ni de vigilar a los bancos. Y todo porque ir al Cielo no basta si eres político, necesitas morirte bien en el consejo de administración de una caja de ahorros.

azafatas.jpg

Pero la verdad es que sí estaría bien que, por esta vez, el feminismo quemase unos cuantos uniformes anacrónicos. Porque es estúpido caminar por una pista de despegue luciendo gemelos si están untando el aparato de anticongelante. Y llevar tacones si vas a estar seis horas de pie. Admitamos que estos trajes que corta el capitalismo responden más al furor que hay encerrado en los cataplines de los viajeros. Debería ser el cerebro quien gobernase la aeronave y a las criaturas que viajan en ella. Las pajillas, en el hotel.  

No hay comentarios: