lunes, 21 de marzo de 2011

Hablar y correr

21 kilómetros no son 21 kilómetros. Son Plaza de Cervantes, Vía Complutense, calle Ávila, Paseo del Val, Manuel Azaña, Luis Vives, Avenida del Ejército, calle Mayor y... otra vez Plaza de Cervantes, Vía Complutense, calle Ávila, Paseo del Val, Manuel Azaña, Luis Vives, Avenida del Ejército, calle Mayor... y después un kilómetro de propina hasta Santos Niños.
Me escondí en un pelotón de bajo perfil, junto a dos militares que iban contando batallitas de la Bripac. Su ritmo era un poco alto para mi, pero aguanté porque las historias eran buenas. Algunos conductores osaron regañarnos con el claxon. Estaban hartos de esperar que pasase esa serpiente multicolor compuesta de flacos y flacas –pocas, muy pocas en esta convocatoria– que les estropeaba la mañana.
–¡Baja de coche si tienes huevos o le mandas una carta a Isoldi [edil de Deportes]!
Así bramaba uno desde dentro de la carrera. Recompuesto nuestro orgullo trotador, nos fuimos metiendo en kilómetros. Es como empezar a pagar las letras de un piso: al principio no gastas porque quieres ahorrar. Luego, no gastas porque no tienes nada que gastar.
Cuando di una vuelta entera a la ciudad empezó el temido dolor: el pie izquierdo. Pero uno se acostumbra a ello como a los programas malos de la tele. No cambia uno por no levantarse. Y yo no paraba porque no me daba la gana.
Por el barrio de Reyes Católicos era donde tenían más salero para animar. Hasta un hombre se acercó a ofrecernos churros. En los grupitos, la conversación se animaba. Había hasta peleas conyugales por lo bajini, novios que les pedían a sus chicas que subiesen el ritmo y gente que ofrecía su agua a los demás. Un microcosmos rebosante de ácido láctico e inocencia. Un espectador abroncó a un corredor.
–¡Pero no habléis!
–Si hablar podemos. Lo que no podemos ya es correr.
Pero era falsa modestia. A partir del kilómetro 15 muchos atacaron y otros nos quedamos a piñón fijo: mejor ser conservador la primera vez. El sol hizo desplomarse a varios cuando quedaban menos de 5.000 metros. Yo me encastillé en las 178 pulsaciones por minuto, haciendo cada 5.000 metros en 27 minutos. Una fórmula mágica para llegar tarde, sin la cara colorada y añorando el ajedrez. ¡Eso es un deporte!

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