jueves, 17 de marzo de 2011

Si la salud es lo más importante la Sanidad ha de ser un tema central

Entre el apocalipsis y la autocomplacencia están los datos. Así ha quedado de relieve tras conocerse la nueva edición de la encuesta de la consejería de Sanidad sobre la satisfacción de sus pacientes. Los resultados cantan: casi nueve de cada diez madrileños se declara "satisfecho o muy satisfecho" del servicio recibido en su hospital de cabecera. La constante se mantiene en todos los centros hospitalarios: el mejor está en un notable alto, y el peor en un notable bajo. Queda claro aquí que si hay algún ámbito en el que la percepción social difiere del apocalipisis fabricado desde la política  es cuando los ciudadanos ponen nota. Eso no quiere decir que la situación sea óptima: la misma encuesta de satisfacción anual,  que la Consejería de Sanidad empezó a elaborar en 2008 confirma que una vez más las urgencias son el servicio que los pacientes de los hospitales valoran peor. Pero incluso en este aspecto hay notables mejoras en Alcalá. La valoración positiva ha subido 10 puntos en el Príncipe de Asturias, que precisamente ha reformado sus urgencias durante el año pasado con una ambiciosa obra y un novedoso sistema de gestión de pacientes. 
Los datos son elocuentes: un 92,6% de los encuestados dijeron estar satisfechos con este servicio, frente al 79,9% que dijo estarlo con las urgencias, que seguramente siempre serán las peor valoradas por tratarse de un trance especialmente desagradable y en el que es imposible atender a todos con la celeridad que ellos quisieran: al momento. La diferencias entre hospitales, especialmente ahora que se puede poner en perspectiva si va habiendo mejoras o no, deben mover a los responsables a reforzar lo que no funciona igual de bien. Todas las zonas de Madrid necesitan los mismos servicios, aunque no todos los hospitales han de tener las mismas unidades.
Los problemas de la Sanidad son muchos, pero son más de fondo. A las administraciones hay que exigirles una gestión del personal más seria, una transparencia más patente en los servicios que presta y no aflojar la tensión investigadora con la excusa de la crisis. Pero todas estas parcelas serán terrenos baldíos si no existe un compromiso realista de financiación: son los servicios los que han de garantizarse, no las aspiraciones de los que los deben ofrecer. Por eso acometer los cambios necesarios en nuestro modelo sanitario es necesario precisamente para su supervicencia. Y ese debate ha de ser público y son los grupos políticos los que han de tomar partido como representantes de la sociedad. Enclaustrar ese debate en ámbitos corporativismos sería empequeñecer el asunto hasta un límite letal.

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