viernes, 13 de mayo de 2011

Memoria

Ayer vinieron a vernos 12 alumnos del Avellaneda. "¿Sois amigos o enemigos?", inquirí con la puerta entornada ante semejante pelotón en recepción. "Amigos", respondieron tras un momento de duda. Algunas veces los centros escolares nos mandan alguna visita de chavales que quieren ver el interior de un periódico. A todo el mundo le gusta ver todo por dentro, salvo el cuerpo humano porque es un poco asqueroso. Lo de fuera lo tienen muy visto, así que quien visita Diario de Alcalá se siente como en el vientre de una ballena.

Una redacción es como la vida misma: pasan las horas volando, pero sólo te das cuenta cuando algo te duele, cuando pierdes lo que andabas buscando o cuando definitivamente la noche viene a buscarte. Los oficios peor compensados –periodista, soldado o pirata– están revestidos de romanticismo y leyendas. Ahora todo el mundo suspira por la supervivencia de los periódicos. Cuando la gente quiere que vivas un poco más es que vas a estirar la pata pronto. Cuando los periódicos rugían por la mañana y la noche era un erial de novedades esperando a que amaneciese fuera de la cueva, la gente nos quería ver a los periodistas de rodillas, muertos de hambre o incluso ardiendo en el infierno. Eran los buenos tiempos en los que el poder y los expertos nos maldecían.

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