martes, 10 de mayo de 2011

Obama sale del cobertizo escopeta en mano

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Lo ponía en muy clarito en el cartel del imaginario colectivo: "Wanted: dead or alive". Bush, un alcohólico rehabilitado, creyente en Dios y convencido de que Dios creía en él, se la tenía jurada al piesnegros saudí. Su afán terrorista dio al traste con la fructífera relación que mantenía con los sucesivos inquilinos de la cabaña del Tío Sam, que le habían dado armas para combatir a los soviéticos. Osama no podía tener un juicio justo, debía morir o no ser hallado jamás, porque su declaración ante un tribunal hubiese sido tan jugosa que los periodistas hubiésemos tenido que hacer turnos para condensar semejante rajada geopolítica.   
Tampoco Sadam podía declarar. Había que matarlo o ponerle un piso en el Lianchi o en terrenazo que tiene El Pocero allende las parcelas. El genocida cobró primas a terceros para tomar al viejo Irán desprevenido. El pago se hizo con billetes de un dolar. We know. 

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