viernes, 1 de julio de 2011

Amargura

Estos días nos han salido unas rastas en el corazón. He visto a  abuelos mezclarse con las jóvenes generaciones de una manera que sólo programas de la tele como Mira quien baila habían conseguido. Los protestones copan los telediarios y pueden ser al final los que entierren la Guerra Civil: la izquierda no quiere salvar al PSOE y la derecha renuncia a salvar al Rey. Entre monarquía y república, laicismo o religión, se abre una bandera nueva: #hastaloscojones. 
Esta revolución no tiene harapientos pero hay a puñados gente que tiene casi por escrito que el futuro no existe. Están hartos de despedirse en los portales con treinta años, es tiempo de consumar a gusto y yacer en la misma cama. No hay trabajo, las becas son todavía la vergüenza de Europa y la vida va pasando en naderías aliñadas por la telerralidad y los sueños del balompié. Todo lo que va bien les va a unos pocos: a once jugadores, a cuatro zurullos televisivos que se reparten el share, a una casta política inalcanzable que siempre encuentra pasta para poner en marcha sus planes.
Pero mientras tanto se ha recortado a los viejos, los revisores han vuelto a los trenes para denunciar al que se salta el torno aunque sea sólo por la prisa y esta semana pusieron una multa a una discapacitada visual con bastón y todo por no haber encontrado máquina para cancelar el abono en Chamartín. Las oposiciones que organiza el Ayuntamiento de Alcalá hubiesen provocado diarrea a los peores dictadores africanos. Y la administración crea logotipos para las ayudas a emprendedores para luego orinar sobre la calavera de los pequeños empresarios, que trabajan para el municipio y echan el cierre al negocio sin haber cobrado. Encima, si no pagan el IBI les echarán los perros.
Y el sucesor de ZP ha sido tan bueno con los acampados que no les ha dado con la porra: les ha metido su dedazo por el ano a los que pedían democracia real. El año que viene elegiremos entre los triunfadores de los golpes de estado de cada partido.
El poder ha vaciado sus orinales en las tragaderas de la gente, y ahora le sabe amargo el escupitajo que le devuelven. 

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