viernes, 15 de julio de 2011

Sobrio apunte sobre los borrachos

El ser humano ha bebido en la calle siempre, pero ahora el votante lo quiere todo barato, silencioso y lejos si es posible. El legislador dibuja normas que no casan con los usos sociales, la policía no puede con tantos ratones adolescentes bailando en cuanto el gato se va cazar a otro lado. La maquinaria de multas sufre el estreñimiento de cualquier sistema garantista: tanto los homicidios como la basura a deshoras hay que documentarlos bien y no siempre el viaje justifica las alforjas. 
Mientras discutimos si son galgos o podencos surgen ideas provocadoras: ley seca o botellódromo municipal. Lo segundo sería como una central nuclear en pequeñito, con toda la valentía que ello implica. Si nos hace falta energía y nos sobra testosterona etílica habrá que poner un reactor nuclear en algún lado y en otros un corralito para que la muchachada se atufe a licores y puedan restregarse los unos con las otras. El problema es quién le pone el cascabel a ese gato, qué político esconde el palo de la sanción y abre un hueco para que la borrachera tenga algo de orden y límite. Corre el riesgo de que le culpen de los comas etílicos, de malversar un dinero que debería ser para limpiar santos, de elegir un mal sitio. Y sobre todo se expone a que el botellón no haga caso y siga la llamada de lo salvaje, ensuciando lo de todos lejos del borrachódromo. Pero sin arrojo seguiremos igual. 

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