sábado, 13 de agosto de 2011

Estamos mal, pero vamos bien

Dicen que hablar en inglés es fácil, pero lo difícil es que te entiendan. Hace unos días me topé en Londres con un aparejador español de 30 años despachando sandwiches al otro lado de la barra en la zona de Holborn. "Llevo dos semanas, y me quedo hasta que encuentre algo de lo mio", resumía con una mezcla de resignación y desafío en su rostro. De su solapa colgaba una chapa con un nombre: Federico. Lo 'suyo', como lo de mucha gente, está muy parado. La construcción, tan intensiva a la hora de contratar, es destructiva a la hora de despedir. Allá donde hubo solares sitiados por las grúas ahora hay bolsas de paro e inmigrantes en fuga. Curiosamente todavía no nos aclaramos, y con medianía castellana renegamos de esos otros sectores que casi no generan empleo: como si, no suficientemente escarmentados por la canción triste de la paleta y el cemento, añorásemos el lejano latifundio o el recién aparcado andamio. Y vuelta a empezar, porque los bancos son malos, la energía a sueldo del gobierno, el coche eléctrico una mariconada, los medios una basura, la ropa una explotación de la infancia de ultramar, la universidad una reliquia, la tele un insulto, la política una mafia y hay mucha gente pegándose por la misma plaza en las oposiciones. 

Si alguien hace dinero en el barrio arrugan el morro, si está en el paro arquean las cejas y asienten: el grito de 'árbol va' es una cantinela en nuestro bosque de almas tristes. Con empaque medieval, se mira hacia los validos de la partitocracia, el calvo y el de la barba, para ver quién fabricará más rápido esos ingenios filosofales que nos hacen falta: los puestos de trabajo. Y el uno y el otro se miden en justas de telediario como si el currele no lo creasen los que currelamos, como si se hiciese de una mezcla de confianza, prioridades, rezos, gasto público, mítines, subsecretarías, campañas publicitarias y todo ello sazonado de palabrería y fanfarria mitinera. Así, por un agujero, según entra el enésimo paquete de medidas en el horno y mientas se amasa el penúltimo plan contra la crisis, brotaría nuevecito un puesto de trabajo para el del noveno, otro para el del octavo, dos para los del séptimo, mientas del sexto para abajo calientan por la banda esperando a ver qué les toca. 

Su puta madre les va tocar, hablando en plata. Porque debemos la de Dios es Cristo, pero sobre todo porque prestar se ha convertido en la nueva piratería: sólo que los que navegan en barco ajeno son los asaltados, y los dueños de la cosa los asaltadores. Los mercados, como los dioses, andan agitados. Pero, igual que en Sodoma, los hombres empezaron por su cuenta cuando el mar todavía estaba en calma. 

Aunque todos aguantamos el mismo paisaje lunar y el mismo coro plañidero, no es lo mismo sentir el frío mientras sigues dando vueltas al circuito que soportarlo varado en una cuneta. La crisis no nos ha tocado igual a todos, muchos deseos se siguen concediendo, pero hay menos gente con la que brindar. Llega uno a casa con cara de superviviente y la casaca silbada por las balas, para que no se te pasen las ganas de pegar el pecho al suelo en la trinchera al día siguiente. 

A la hora de la cena suena un taladro de pontificaciones económicas y ve uno a los peces del acuario tomando nota, a las meninas de la postal asintiendo, al canario intentando meter baza. Este país entierra y desentierra a Marx toda las noches, lo acuesta con Adam Smith y los saca en procesión con el calvo de la lotería antes de que acaben las tertulias de la radio al abrirse la madrugada por esta meseta yerma. Somos una tierra de conejos, de leyendas, de valentía con los animales de cuadra y remilgos con el papel moneda. 

Dejo la lata de cocacola en el mostrador.

-Buena suerte, Federico.
-Normalmente me llamo Antonio, pero ésta era la chapa que había quedado libre.

Pues suerte a los dos. Al Antonio que busca su sitio bajo ese sol helado y al Federico que ha dejado la franquicia rumbo a "lo suyo" o por lo menos a un punto de engorde mejor. Un puestazo de esos que el tito Rubal o papá Mariano nos tejen por la noche para que con abracadabrante benevolencia la vida nos los regale y parezca que, como decía Menem, "estamos mal pero vamos bien". 

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