martes, 27 de septiembre de 2011

Encuentros en la tercera frase

Durante los últimos años hemos vivido con temor el día en el que nuestros padres nos agregarían como amigos a Facebook. No hallarían en ese contenedor social más que momentos furtivos, derivas inexplicadas, estados preocupantes y en algunos casos bastante puterío. Pero no se puede negar a un progenitor el paso a ese chamizo virtual, así que desde hace unos meses los tengo a ambos como friends. Si hubiese escrito un diario no les hubiese dejado leerlo, pero en algún momento me he hecho casi tan viejo como ellos o tal vez un poco más. Lo pienso cuando los veo adentrarse por el bosque zalamero y tramposo de la corrala virtual igual que lo hice yo en mis tiempos mozos: la conversación que no prende en el chat, la vacilación en la foto de perfil, el reenvío masivo de hallazgos que son un déjà vu... Tras remontar el río del email, el Explorer o el Messenger, han ido a parar al océano azul de Facebook, lleno de peces y corrientes. Y así es como les he visto estrenar perfil igual que ellos me vieron fascinarme con una bicicleta, un mapa o un intento de reputación. O simplemente cuando empecé a hablar. Me imagino que para ellos todo sucedió tan rápido como para mi: un día, tras meses de probaturas, mi padre actualizó su estado. Fue más que una frase, en ese momento lo descubrí poderoso y confiado al otro lado del ordenador, libre, sintiendo la brisa de los límites derrumbados, contemplando todos los ríos que quedan por cruzar. Como en El curioso caso de Benjamín Button, ellos y yo nos hemos encontrado en el punto medio. Para admirarnos de lo que hemos hecho y de lo que nos queda por vivir. Han salido clavaditos a mi. 


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