miércoles, 26 de octubre de 2011

La miseria chanante

Se acordó un día Octavio Paz del problema de las razas y dijo que se solucionaba follando. Nos complica la vida el que no se la quiere complicar, pega una patada en puerta ajena y habita lo deshabitado. Este discutible gesto no suele venir acompañado de buen rollo, respeto y preocupación por el barrio, sino que contribuye a su degradación. Así ha ocurrido en Espartales, para sonrojo del buenismo de la oposición y del encogimiento de hombros de la autoridad competente. Tras el desalojo del bloque ocupado se quedarán los niños sin esa casa. Pero desde siempre han estado sin unos padres que merezcan tal nombre: y no hay techo que supla esa maldición por entregas. 
Aunque la crisis nos esté hundiendo el barco, no es el momento de bajar los brazos  y renunciar a dar –gratis– un salvavidas al que lo necesita: sea un piso, un plato caliente o un subsidio. Pero las últimas décadas nos han demostrado que con el que toma lo que es suyo y orina sobre la coronilla de los vecinos no funciona ni la perorata ni el napalm. Es la justicia la que tiene que ser justa para que la policía pueda actuar. Pero mientras, la sociedad y los políticos no pueden asistir sobrecogidos a la orgía multipropietaria de los caraduras, como si de verdad se creyesen que ellos son la famélica legión. Si no son contundentes con quien se pasa nuestra vida cotidiana por el arco del triunfo, tal vez sea por mala conciencia con harapientos de verdad de cuya mala fortuna son corresponsables.

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