miércoles, 23 de noviembre de 2011

Para ser hay que estar

Había en la Transición un periódico en el que te abroncaban si intentabas coger un teléfono después de las ocho de la tarde: "¡Cuidado hombre, que puede ser una noticia!" En 1999 visité una república ex soviética por primera vez y noté como los camareros recibían con fastidio la entrada de cada cliente en su solitario local. Son cosas que uno entiende pero que no se pueden explicar racionalmente, igual que cuando metemos las sobras en un tupper para tirarlas sin remordimientos días después. Para ser hay que estar y uno está como puede. 

Ahora, con la gente sin curro y lo público sin un chavo, nos ponen sobre la mesa la libertad de horario: abra usted el sábado o el domingo que para eso es su tienda, viene a decir el espíritu de la ley. No ha faltado crujir de dientes similar al de la ley antitabaco, porque lo que mola es el fumeque nasal y que las tiendas abran justo para que la señora Herminia, la yaya de los Alcántara en Cuéntame, pueda hacer sus compritas. Los fines de semana son para ira a misa o coger la tarterita y enfilar para el merendero, o eso es lo que nos creemos en este estrato del infierno. Y a la hora de comer, aunque la siesta ya no existe, esto también está a cal y cantocomo Soria en 1944. Así nos luce el pelo. 
Si algo ha cambiado en este país es que el comprar ha salido del atestado ámbito de los quehaceres y ha ocupado un sitio en el estrecho margen del ocio que nos queda. Por eso el librero se aburre los lunes y yo estorbo en casa los domingos. ¡País!


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