miércoles, 21 de diciembre de 2011

La barba manda

Rajoy le ha echado barba al asunto. Se ha adornado con el silencio y
el secreto. Pero no ha llegado a las exhibiciones telepáticas de
Aznar, que cambiaba el gobierno de arriba abajo en una jornada plagada
de actos, llamando a los ministrables desde el coche y creando una
atmósfera orwelliana en la que los ministros parecía que se nombraban
solos con un software de fábrica. Qué mal hacen los políticos en
tomarse en serio, en recrearse en el macondismo de ponerle nombres a
los cargos, a los departamentos, a los planes y a los peces de los
estanques. Viene un día el FMI y te mea en los calcetines, Merkel le
rebaja la edad a tus hijos y el Financial Times te escribe un
obituario por adelantado. Sus señorías pueden elegir el florero, pero
no tienen dinero para pagar casi nada más.
Hay un PSOE escondido en la cueva y otro que no se atreve a entrar a
sacar a palos a las malas bestias. Y hay un PP que nunca confió en
Rajoy y que ahora ha tenido que convertirse al Nuevo Testamento. La fe
les alcanzaba para que Aznar engendrase un presidente sucesor, pero
creer que la criatura tuviese vida propia para marchar por el
ponzoñoso desfiladero de la oposición –con los defensores de los
fetos, la familia y la bandera– requería de un milagro como el que
vemos ya en Moncloa. Lo imposible no era poner a un charnego en la
Generalitat, sino a un barbudo al frente del banco azul. Que vuelvan
las espadas, las justas y el sombrero de tres picos. Moncada ha caído
otra vez.

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