martes, 13 de diciembre de 2011

Pícaros en calles estrechas

He visto a operarios poner las luces de navidad en el momento más oscuro de la noche, pero sin dejar escapar el de más intenso tráfico. No se si hay algún instante más absurdo, dejando a un lado agosto y la fea cuaresma. Se ponen muchas bombillas pero se tienen pocas luces, y lo que brilla es el clientelismo luminoso –que el vatio nos acoja en su gloria– porque un vecino que no oye tracas en fiestas y no ve colorines en adviento es un elector triste, incapaz de perdonar los desmanes del resto del año. Propongo que los tres Reyes Magos de la cabalgata sean proveedores enfermos de morosidad administrativa, en fase terminal para el empleo y la recaudación. Cuando nos gobernaban los metros cuadrados recalificables la vida era un poco más sencilla, porque se podían gestionar con una mano y con otra taparnos la nariz. Pero ahora la crisis nos ha cortado los remos y la realidad es más recta que nunca: los pagos se abonan con cobros, y para que haya cobros tiene que haber pagos. Y claro, el invento no funciona. Eso no quiere decir que no se pueda divertir al personal: jolgorio y chuches, por favor, y morfina como fin de fiesta.     
Lo  que no está bien visto es subir los precios. El servicio que se preste no importa tanto, porque todavía nos relacionamos con el Estado igual que el pícaro con la beneficencia: lo engañamos casi siempre y el no nos ayuda casi nunca, pero del toma y daca sacamos para ver amanecer. En esas andamos, y por calles cada vez más estrechas. 




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