jueves, 27 de enero de 2011

Tan sanos y tan solos que dará pena ser viejo

Vive usted una barbaridad. Es lo que nos ha venido a decir papá Estado esta semana. Toca apechugar con nuestros logros contra las enfermedades, con nuestra maestría en domeñar la natalidad, nuestro buen comer y nuestro saber cuidarse. En España se legalizó la comercialización y el uso de la píldora anticonceptiva en 1978, 20 años después que otros países europeos. Pero se nos ha hecho tarde a la vez que a todos. El debate es mundial, anterior a la crisis, y tiene que ver con nuestra longevidad, con nuestro estilo de vida, con nuestras aspiraciones y con nuestra conducta individual. Victor Hugo dijo que habían dejado más víctimas las modas que las revoluciones: podemos considerar moda y revolución, o algo entre una cosa y la otra, los decimales de natalidad que hemos ido bajando desde los ochenta. O antes. Ahora viene Zapatero, en de la economía en tres tardes, a vestirse de tío Paco con las rebajas. Y nos trae un acuerdo refrendado por los tribunos de los currelas. Los datos ya los conocen ustedes: elevar la base de cálculo de 15 a 20 años, ampliar hasta los 38- 40 años los años cotizados necesarios para cobrar el 100% de la pensión y retrasar la edad legal de retiro desde los 65 años hasta los 67 años.Todavía hay mendrugos que culpan a la inmigración de nuestros males. En la misma semana, insisto, en la que nos informan de que la tasa de natalidad cae a 1,38 hijos y la edad de las madres primerizas alcanza su máximo histórico con 31,12 años. Difícil de superar esa media, a no ser que revolucionemos la reproducción asistida. El INE achaca el descenso de la natalidad con el efecto combinado de una menor fecundidad y de una reducción progresiva del número de mujeres en edad fértil. Sí, no sólo los hombres viejos abundan. También las mujeres viejas. Con estos mimbres vamos entrando, con algunos complejos de clase todavía, en el siglo XXI. Donde cada uno se jubilará con lo suyo y no pagará lo de nadie. Al tiempo. 

miércoles, 26 de enero de 2011

Pinganillo asado

Hay un compañero de trabajo, José Luis Enríquez,  que viene a las reuniones con pinganillo en la oreja. Tengo manga ancha con las excentricidades, y sé que le gusta estar bien informado: no es que necesite traductor o que le haya dado un ataque de lenguapropismo. Con el cablecillo en la oreja entra un poco en trance, no sé si por el discurso dieciochesco de algunos de sus compañeros al presentar su noticia o por la cercanía de la hora de comer. Como Enríquez  es el hombre de las exclusivas, sus silencios y mutis son respetados. Si no está, se le cuida el bocadillo. Y si está, se le suelta alguna chanza para saber si sigue su espíritu en nuestra reunión de portada. Si rebufa es que todavía no está en trance radiofónico.
Claro que los demás no somos de piedra. "Pareces", saltó ayer mi jefe en plena reunión, "un senador de CiU". José Luis, que es más gallego de lo que parece, le mira con las pupilas un poco ausentes, porque a esa hora escucha el último repaso a la actualidad del día que da Esperanza Pérez en el informativo de Punto Radio Henares, a eso de las dos y cuarto.
Les cuento las nimiedades de mis compinches del currele porque creo que entre los que somos en esta casa podríamos representar a Albania sin necesidad de traductor. Nos tomaríamos una mirinda en alguna tasca balcánica, de esas en las que la gente dice que sí meneando la cabeza de un lado a otro. No digo que volviésemos al barrio con soluciones al día siguiente, pero seguro que saldríamos del mismo con algún problema que exponer.
Pero en la carrera de San Jerónimo se estilan otros métodos de ósmosis con el electorado: florecieron antaño restaurantes que no serían nada sin sus señorías. Del pulpo a la gallega toman los diputados, vía oral, los problemas de los pazos. Del marmitaco a 30 euros les llega el lamento del caserío. Y así con los segundos y el postre, se comen lo que cultivan y pescan sus representados.

Un diputado, recibiendo una puesta al día sobre su demarcación 

Ahora, para que el pueblo oiga su eco más fuerte, les han puesto intérpretes. Yo les daría unas zapatillas como las de Jose o cualquiera de mi tripulación. Para buscar historias, e incluso alguna solución. Porque el pueblo ya les entendía. Pero no les comprende.