jueves, 31 de marzo de 2011

“Hay quien entiende el grafiti sólo como delito, pero es un arte”

Desde su tienda Street Taste Hip Hop lava el buen nombre grafitero.
La cuadratura del círculo, algunas veces, llega cuando vas a cumplir 30 años. Javier Martínez lleva cinco años con su tienda de ropa rapera y esprays en el número 5 de la calle Ángel. Lleva metido en este mundo de ritmo repetitivo y rima ingeniosa, pantalones caídos y pinturas para la pared desde los 11 años. Siempre quiso ganarse la vida con algo relacionado con el hip-hop. "En España esto no daba antes tanto público como ahora", recuerda. A este torrejonero trasplantado a Alcalá le ha tocado, como a otros muchos, abrir brecha con una música que durante  años se ha visto como algo americano, marginal o vinculado a la delincuencia. Los tiempos han cambiado y ahora mucha gente escucha a La Mala Rodríguez o a La excepción. Pero mientras el rapeo español trataba de florecer Javier tocó todos los palos: "Soy DJ de hip-hop y trabajo con varios grupos, hago fiestas y estoy metido en esto por todos los lados". La música, admite, es un lugar complicado para ganarse la vida. Pero vender ropa de esa estética y unas pinturas para emular a los grandes grafiteros está resultando una manera de ganarse la vida "además siendo mi propio jefe".
El camino ha sido difícil: "El año más duro ha sido el último, y eso que antes la tienda estaba en un callejón de la calle Pintor  Picasso. Ahora los conoce más gente, pero se conforma de momento con "aguantar el tirón". Lo que da dinero es vender la ropa, pues los clientes que se llevan algún tubo de espray son niños casi siempre que hacen poco gasto. Y algunas veces, desgraciadamente, para fines no muy buenos.
Javier Martínez se rebela contra esto. Cree que los grafiteros no deben ir contra la ley, "por culpa de los que no respetan tiene mala gente este arte". Hay una cara más respetuosa, con la que prefiere quedarse, que es  las pinturas en cierres por encargo, aunque admite que muchas veces el dueño lo hace para evitar que algún gamberro lo estrene por su cuenta.
"Yo tengo mi propia casa y no me gusta que la destrocen, pintar sin permiso es estropear... es vandalismo", critica este joven emprendedor, que lamenta que haya gente "que no entiende el grafiti si no es cometiendo un delito".
Pero desde su tienda de pinturas y ropa insiste en que hay otra realidad de este arte urbano: "He estado en exposiciones de arte, conozco a gente que vive esto", explica rodeado de cazadoras de colores y tubos de pintura.
Pintar una pared en un interior, si no se trata de un mural muy complicado, puede costar 300 o 500 euros "si se quiere hacer bien hecho". Y pone como ejemplos "lo que se ha hecho en la vieja fábrica de hielo, donde se ha hecho una obra de arte, pero también se están pintando gimnasios, guarderías, cierres de estancos...".
A la hora de concienciar ha puesto su granito de arena: "Procuramos hacer talleres, como el año pasado con Otra Forma de Moverte... pero está muy difícil que te den permisos". Lo malo es que mucha gente lo hará sin autorización, "porque es una manera de expresarse... igual que unos saben hablar bien, otros saben pintar". Una pared blanca, mientras tanto, es un tesoro.

Es hora de sacar la bici (o desplegarla)

Hemos hablado del frío, de si el carril bici resbala, del viento, de las cuestas inexistentes y del discutido carril bici. Ahora hay que hablar del mejor amigo del ciclista urbano: no es el alcalde ni el jeque, es la primavera. Aunque el jueves parece que viene para quedarse, no va a durar eternamente. Habrá sectores tradicionalistas que piensen que la primavera, igual que el carril bici, está  mal hecha: dura poco, es irregular en sus inicios, tiene algunas lluvias... yo que sé las excusas que es capaz de inventar el ser humano para ir a comprar el pan en coche. Pero frente al pesimismo de hormigón armado hay un hecho incontrovertible: hace buen tiempo, no hay desniveles y hay más carril bici construído en Alcalá que nunca. Es el momento de sacar la bici del trastero.  O comprarla. Si éste es tu caso merece la pena echar un vistazo al modelo de bicicleta que pugna por ser reconocida como la primera autóctona de ciudad: la bici plegable.

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