miércoles, 28 de septiembre de 2011

Un culo universal

Amortizado el sueño espacial por falta de presupuesto, repasado hasta el último rincón del planeta por cualquier ocioso con GoogleEarth y secuenciado el genoma, al ser humano se le acaban las cruzadas que librar, la terra incognita que descubrir. Solo la muerte sigue luciendo poderosa en el fondo de nuestras inquietudes, sin darnos una sola pista sobre lo que hay al otro lado. 

Los listos de la clase suplantan a los periodistas con chascarrillos de 140 caracteres y la masa ha tomado al asalto Holywood para saquear a las estrellas. Les roba las pelis sin pasar por taquilla y se ríe de su misterio. Y como si fuese un eclipse de sol a traición ha aparecido en nuestras pantallas el culo de Scarlet Johanson, algo que sólo su enamorado y algún limpiacristales con buena suerte están facultados para ver, pues la moza no se lo arrienda a la gran pantalla. Y así, el mundo se ha conmovido con los cuartos traseros de una mamífera: un pompis tan inaccesible como el de la Virgen María. Por un momento el hambre conquistadora y la sed de sapiencia quedaron casi colmadas al sumarse ese culo universal a la fórmula de la relatividad o a la última novela Jonathan Franzen. 

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Pero el pueblo le ha bajado los humos a su propio hallazgo y ha surgido la moda de hacer scarletjohansoning: inmortalizar tu trasero emulando el encuadre de la traicionada princesa. Los hay mejores y los hay más graciosos. Pero lo importante es que Carl Sagan estará orgulloso: nunca creeremos haber visto demasiado. 


martes, 27 de septiembre de 2011

Encuentros en la tercera frase

Durante los últimos años hemos vivido con temor el día en el que nuestros padres nos agregarían como amigos a Facebook. No hallarían en ese contenedor social más que momentos furtivos, derivas inexplicadas, estados preocupantes y en algunos casos bastante puterío. Pero no se puede negar a un progenitor el paso a ese chamizo virtual, así que desde hace unos meses los tengo a ambos como friends. Si hubiese escrito un diario no les hubiese dejado leerlo, pero en algún momento me he hecho casi tan viejo como ellos o tal vez un poco más. Lo pienso cuando los veo adentrarse por el bosque zalamero y tramposo de la corrala virtual igual que lo hice yo en mis tiempos mozos: la conversación que no prende en el chat, la vacilación en la foto de perfil, el reenvío masivo de hallazgos que son un déjà vu... Tras remontar el río del email, el Explorer o el Messenger, han ido a parar al océano azul de Facebook, lleno de peces y corrientes. Y así es como les he visto estrenar perfil igual que ellos me vieron fascinarme con una bicicleta, un mapa o un intento de reputación. O simplemente cuando empecé a hablar. Me imagino que para ellos todo sucedió tan rápido como para mi: un día, tras meses de probaturas, mi padre actualizó su estado. Fue más que una frase, en ese momento lo descubrí poderoso y confiado al otro lado del ordenador, libre, sintiendo la brisa de los límites derrumbados, contemplando todos los ríos que quedan por cruzar. Como en El curioso caso de Benjamín Button, ellos y yo nos hemos encontrado en el punto medio. Para admirarnos de lo que hemos hecho y de lo que nos queda por vivir. Han salido clavaditos a mi.