miércoles, 12 de octubre de 2011

De la ‘gaso’ de Pepiño al garaje de Jobs

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Mi melancolía no nace de que tiren al pichón con los profesores interinos, ni de que nos vaya a llegar la jubilación tan al final de nuestra obsolescencia programada como humanos. Las naderías nos han ganado por goleada: ni siquiera el capitalismo salvaje, con su promesa de beneficios sin fin, nos ha apartado de la mente las ganas se rascar el socarrat con la cuchara, medrar a costa de cosas que nos son confiadas por una legislatura, apañar en gasolineras favores con otros pícaros con cargo a una pólvora que no es nuestra. Tenemos el instinto de conservación desbocado, pero dejadas atrás las guerras, epidemias y hambrunas ahora sólo nos impulsa a subir sin dar pedales. Cuando no se puede tener más, se trata de hacer menos. Y cuando no se puede hacer menos, se quiere tener más.
Los empollones sueñan con ser funcionarios y los cerebros se largan en vuelos low cost porque aquí hacemos apaños mientras allá y acullá inventan. El pelo no nos luce, pero el suelo lo tenemos de porcelana muy cara.
Del garaje donde Jobs empezó a cambiar nuestras vidas a la gasolinera de Pepiño hay un abismo de talento. Pero el drama no es ése: el problema es que si aquel Steven de 1976 se hubiese presentado en nuestra gasolinera se habría vuelto a su casa a pata, con las manos en los bolsillos y –lo peor– con una foto firmada con el ministro, que ni lo hubiese entendido ni le hubiese dado una beca por no haberse codeado en las pulpadas adecuadas. País...


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