martes, 6 de diciembre de 2011

Prediqueitor de la Mancha

No tengo inconveniente en soportar, a mi edad, algún cuento con moraleja. Pero una moraleja sin fin es más de lo que una persona decente debería ser capaz de aguantar. Da igual que sea por alumbrar el camino pedregoso de España, el sendero resbaladizo del PSOE, el terraplén traicionero de la crisis o cualquier otro lance vital: Bono es una gotera de metáforas y consejos, imprecaciones al respetable y enseñanzas labradas por las piedras del camino. Tiene para todos, como presidente regional, ministro de Defensa o presidente del Congreso emite tal cantidad de versículos y parábolas que es casi inevitable rezarle una oración, aunque sea con pedorreta, antes de irse a dormir. No cabe en España tanto homenaje a España, ni cabe en Bono tanta reivindicación de Bono. Lleva pensando en voz alta desde que estaba en el útero de su madre, pero sólo al desprenderse del líquido amniótico se ha convertido en la banda sonora de la moral española contemporánea: conciliando a Dios y los gays, a España con el socialismo, a la iglesia con la izquierda y a la calvicie con el flequillo. Como si lo uno necesitase a lo otro, pero dejando en el aire que lo que en realidad hace falta es Bono. Sí, Bono, porque sin él no se nos quita la amargura del telediario de ayer ni el resquemor de la Guerra Civil de hace décadas. Él nos da ganas de ir a comulgar a pesar de la ciencia y de las putadas que nos hace el más allá. Es un apóstol con coche oficial, pero su misión no somos nosotros. Es él.