miércoles, 18 de enero de 2012

Ser periodista es duro pero peor es trabajar

Ser periodista es entrar a la sala de cine cuando sólo queda media hora de película para contarle la historia a los demás con todo lujo de detalles; intentando que el relato de los hechos se corresponda con la manera de pensar del tipo que te ha pagado la entrada, que por lo general se queda fuera. 

Te dedicas a zurrar a los malos para que se vuelvan buenos y a los buenos para que no se vuelvan malos, y las camarillas te miran meneando la cabeza. La virtud no nos traga. Pero aunque no la hemos inventado sabe que estamos de su parte durante la jornada laboral. 

Ser periodista es llegar a casa de tu madre después de que un niño muerda a un perro, un pobre rescate a un banco, los chorizos linchen al juez y los pasajeros salven al capitán... y saber por donde empezar a contar. Es acercarse al kiosko y  abrir los regalos, hacer creer cualquier cosa y no creerse nada. Es acabar siendo un desgraciado con suerte, divorciable hasta la tumba, ausente en las fotos de la familia, un tío saludable aunque algunos le nieguen el saludo. Es una carrera por leer más de lo que escribes, pero sólo unos pocos con el temple necesario han logrado cumplir con esa norma. Por lo menos te puedes quedar en el honesto grupo de los suficientemente informados: esos que saben que no saben. A cubierto, en esa trinchera, puedes esperar que la jubilación te pille durmiendo. 

Y encima te pagan.

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