miércoles, 1 de febrero de 2012

Los ‘yayoflautas’

Están hartos de tanta crisis y tanta leñe: "¡Cojones, ya!" Son los yayoflautas, que han saltado a las páginas de los periódicos al ocupar un autobús. El precio del billete, al parecer, era una ofensa, aunque a mi lo que me parece grave es la  indiferencia de algunos hijos, lo míseras que son las pensiones y cómo se ignora a los viejos. Digo los viejos porque es lo que son y así se llaman ellos antes de que la babosería mediática les cubra con un manto de perífrasis: tercera edad, por ejemplo, como si fuesen un epígono de la Baja Edad Media. Son carne de excursión y de mitin, infantería ocasional para dejar a las fieras y en último término una herencia por la que pelearse.     
Un día los viejos nos van a hacer una huelga general, con piquetes y todo. Que las abuelas den tabaco a los niños y los ancianitos aticen al que pase con el bastón, que seguro que algo habrá hecho. Se han chupado una guerra y/o una posguerra y ahora venimos nosotros a hacer series, cavar zanjas y organizar cacerías judiciales contra el que quiso meter las narices en ellas: todo un divertimento del cual ellos son callados espectadores. A final de mes el presidente de turno les mete unos eurazos en la cuenta y el alcalde les abre otro chiringo para bailar pasodobles hasta que se ponga el sol por Antequera. Los viejos son los aborígenes que hemos sometido tras disecar a sus dioses, representados por el uso del usted, el hambre, el Dios vigilante y la boina. ¡Viejos, a las armas!


El no-saludo

Le han negado el saludo a Letizia Ortiz, no se sabe bien si por lo de
su cuñado, por divorciada o porque un mal día lo tiene cualquiera. El
caso es que el encargado de Negocios de la República Democrática del
Congo, Oscar Matondo, se hizo el orejas y la dejó colgada de la
brocha, con la mano extendida en una recepción. Después el hombre se
ha disculpado, porque está mal eso de pasar de la monarquía en su
cara.
En la calle hay un montón de gente que pasa de uno, y eso casi nos
hace importantes. En Alcalá es casi una muestra de relevancia social
el número de gente que mira para otro lado o que incluso se cambia de
acera para rehuir tu presencia. Como si portases la guadaña o alguna
enfermedad tropical. Si eres rumano o albaceteño, entonces nada. Pero,
ay, si eres de los de aquí de toda la vida. Podrás presumir de
emboscadas, condueñidades y demás afrentas: homenajes abortados,
libros en los que a uno no le citan, adhesiones peatonalizadoras  y
demás ira y fuego complutense. Es un mundo cruel, sí, en el que
hombres recios pugnan con dimes y diretes endiablados, chismes de
polvorín y traiciones en la penumbra de las imprentas mientras los
contrarios hacen girar la cucharilla en alguno de los cafetines que
quedan vivos.
Hay borregos que queman más calorías esquivándome que si me hicieran
una reverencia. Le dan a uno ganas de enarbolar la vara y decir:
"¡Arranca de aquí!"